La violencia indómita se vuelve a repetir

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La violencia indómita se vuelve a repetir

Un análisis de la geopolítica del “retorno”: cuando la violencia de frontera y colonia regresa a la metrópoli como control civil, datos y excepción permanente.
Análisis · La Guardilla
16 FEB 2026 · Archivo / Serie: Violencias del Presente

En la historia moderna, la violencia rara vez desaparece: cambia de uniforme, cambia de vocabulario y cambia de objetivo. A veces se viste de guerra y otras de “seguridad”. A veces se exporta a la frontera y otras se instala en el centro. La geopolítica contemporánea está marcada por esa mutación constante: el poder aprende en escenarios periféricos —colonias, territorios ocupados, fronteras militarizadas— y, cuando lo necesita, aplica esos aprendizajes dentro, contra la población propia o contra quienes pasan a ser tratados como “enemigo interior”.

Ese movimiento tiene nombre: el efecto bumerán. No describe un destino inevitable, sino una mecánica repetida: la violencia ensayada fuera vuelve. Lo que ayer se justificaba como “pacificación” colonial, hoy puede reaparecer como “gestión” de migraciones, como vigilancia predictiva o como castigo administrativo contra la disidencia. En ese sentido, la violencia indómita —la que no se deja domesticar por el derecho— no está en el pasado: está en el método.

“La frontera no está en la frontera: la frontera se desplaza hacia dentro cuando el Estado decide gobernar por excepción.”

1) El bumerán colonial: Arendt, Césaire y la técnica del retorno

La intuición del bumerán atraviesa buena parte del pensamiento político del siglo XX. En una formulación clásica, la violencia imperial no solo destruye territorios; también reconfigura la moral y la administración del Estado que la practica. Para Aimé Césaire, el colonialismo deshumaniza en doble dirección: degrada al colonizado, pero también “des-civiliza” al colonizador al normalizar brutalidades que luego resultan reutilizables. La colonia es, por tanto, una escuela.

Hannah Arendt —al estudiar imperialismo y totalitarismo— insiste en que el imperio necesita excepción jurídica, burocracia, clasificación de poblaciones y una frontera moral flexible. En ese marco, el bumerán no vuelve como una copia literal, sino como un repertorio: deshumanización del enemigo, suspensión de derechos, castigo colectivo, administración de vidas “prescindibles”. Cuando estalla una crisis interna (guerra, colapso social, pánico moral), ese repertorio aparece como “solución” disponible.

La clave geopolítica

El bumerán no es solo una teoría sobre violencia: es una teoría sobre gobernabilidad. El poder, enfrentado a disidencias o a conflictos que no puede integrar, recurre a lo que ya ha funcionado “fuera”: simplificar la realidad en categorías de riesgo, convertir problemas sociales en amenazas securitarias y trasladar la política al terreno policial.

2) Siglo XIX: el laboratorio imperial y la guerra contra civiles

La historia colonial del siglo XIX funciona como un archivo de técnicas. En conflictos imperiales aparecen estrategias que hoy resultan inquietantemente familiares: desplazamientos forzados, confinamiento de población, control de movimiento, castigos masivos, hambre utilizada como herramienta y construcción del civil como “entorno sospechoso”. No se trataba únicamente de vencer a un ejército enemigo, sino de administrar una sociedad mediante miedo y disciplina.

En este laboratorio se consolidan dos ideas peligrosas: primero, que la violencia puede ser “racional” si se presenta como necesaria; segundo, que la población civil puede ser tratada como instrumento o como obstáculo. En términos geopolíticos, el imperio ensaya una forma de soberanía que no necesita ciudadanía: necesita poblaciones gestionables.

“Cuando la población es tratada como riesgo, el derecho se convierte en trámite y la violencia en procedimiento.”

3) Del colonialismo a Europa: el “rebote” de la violencia en el siglo XX

El historiador Julián Casanova ha subrayado que la Europa del siglo XX puede leerse como una continuidad de violencia, y que parte del hilo se anuda en la experiencia colonial. No se trata de afirmar equivalencias simplistas, sino de reconocer un tránsito: prácticas pensadas para periferias acaban reapareciendo en el continente cuando la política se derrumba y la guerra se totaliza.

El punto de inflexión es conceptual: la violencia colonial ayuda a instalar la idea de que el civil puede ser enemigo. Una vez esa puerta se abre, la guerra ya no es solo entre ejércitos; es contra sociedades enteras. En Occidente, el genocidio nazi no se “explica” solo por el colonialismo, pero se desarrolla en un clima donde la racialización, la administración de poblaciones y la deshumanización sistemática ya existían como lenguajes posibles del poder moderno.

Esta lectura no diluye la singularidad del Holocausto; señala algo más incómodo: la modernidad europea produjo herramientas capaces de convertir la ideología en logística, y la logística en exterminio. Cuando el Estado aprende a clasificar, aislar y borrar, la barbarie deja de ser un estallido y se convierte en sistema.

4) URSS y el trabajo forzado: continuidad imperial y expansión soviética

En el caso soviético, el “siglo de los campos” sigue otra genealogía. En lugar de un bumerán colonial ultramarino clásico, aparece con fuerza una continuidad con formas zaristas de castigo, exilio y trabajo penal que luego el Estado soviético reorganiza y amplifica. La diferencia importa: el resultado puede parecer comparable en superficie (campos, trabajo forzado, administración punitiva), pero el mecanismo histórico no es idéntico.

Ese matiz permite un diagnóstico más fino: el siglo XX no tuvo una sola fuente de violencia, sino varias. En unos lugares, la violencia “vuelve” desde periferias coloniales; en otros, se intensifica desde tradiciones imperiales internas. La conclusión geopolítica es la misma: cuando el Estado asume que puede gobernar sin límites, el límite se desplaza, pero no reaparece.

5) Palestina, “enemigo interior” y el giro securitario en la metrópoli

En el presente, el bumerán opera también a través del discurso: conflictos internacionales pueden convertirse en marcos para ordenar la política doméstica. En los últimos años, el debate sobre Palestina ha sido usado por distintos actores para ensanchar categorías de sospecha: protestas, solidaridad, discurso político y activismo se reconfiguran como “riesgo”. Ese giro es especialmente visible cuando el Estado recurre no a tribunales penales —más garantistas— sino a procedimientos administrativos donde la defensa es más frágil.

El patrón es reconocible: se etiqueta la disidencia como amenaza, se integra en un circuito de seguridad y se activa un castigo que no necesita condena social amplia; basta con el miedo. El objetivo no es únicamente castigar a individuos: es producir un clima donde hablar sale caro. La geopolítica del conflicto exterior termina alimentando una política interior de enfriamiento: menos protesta, menos organización, menos solidaridad.

La frontera como dispositivo interior

Cuando las políticas migratorias se convierten en aparato de excepción, el Estado ensaya una forma de soberanía que no necesita consenso: detención, expulsión, vigilancia, incertidumbre. Ese dispositivo —pensado para la “frontera”— puede operar dentro de la metrópoli como policía doméstica. La frontera deja de ser un lugar y pasa a ser un método.

6) Palantir y el Estado-dato: vigilancia, scoring y represión civil

El bumerán contemporáneo no viaja solo en doctrinas; viaja en infraestructura digital. La lógica colonial clásica producía mapas, censos y expedientes; la lógica actual produce fusión masiva de datos, perfiles de riesgo, priorización automatizada y vigilancia “casi en tiempo real”. En ese terreno aparecen empresas como Palantir, cuya tecnología —según contratos y reportajes— se ha integrado durante años en operaciones de enforcement migratorio y seguridad.

La cuestión política no es si existe tecnología, sino qué tipo de Estado construye. Cuando la administración se organiza alrededor de “leads”, puntuaciones, inferencias y mapas de objetivos, el poder tiende a tratar personas como señales: patrones, probabilidad, perfil. Y cuando esa máquina se aplica a disidencias, barrios, campus o redes de solidaridad, el bumerán se completa: lo que se vende como herramienta de frontera se convierte en herramienta de control civil.

En ese escenario, la represión puede presentarse como eficiencia. El castigo puede presentarse como logística. Y la excepción puede presentarse como normalidad. El resultado es una democracia de fachada, pero con espacios crecientes de población viviendo bajo reglas diferentes: menos derechos, menos garantías, más vigilancia, más incertidumbre.

7) Cierre: por qué “la violencia indómita” parece repetirse

El siglo XX fue un aviso: la violencia moderna no siempre llega como caos; llega como administración. La geopolítica del presente muestra que ese aviso no caducó. El bumerán colonial no es un fantasma académico: es una dinámica política que reaparece cuando el Estado decide que la disidencia es un problema de seguridad y cuando la tecnología ofrece un atajo para gobernar sin debate.

La violencia indómita se repite porque el poder conserva memoria de sus trucos: aprende en la periferia, perfecciona en la frontera y aplica en el centro cuando quiere cerrar el conflicto sin resolverlo. La pregunta geopolítica decisiva no es qué conflicto externo está en portada, sino qué herramientas de excepción se están normalizando. Porque cuando la excepción se vuelve hábito, la metrópoli empieza a parecerse demasiado a la colonia que decía combatir.

Nota / marco y lecturas: Este texto se apoya en la idea del “efecto bumerán” (Césaire y Arendt) y en la lectura histórica del siglo XX europeo como continuidad de violencia (Julián Casanova). Para ampliar: Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo; Aimé Césaire, Discurso sobre el colonialismo; Julián Casanova, Una violencia indómita. En el plano contemporáneo, el debate sobre vigilancia, fronteras y tecnología puede rastrearse en periodismo de investigación sobre enforcement migratorio y plataformas de análisis de datos vinculadas al Estado.
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