Racismo, clase y miedo a la caída

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Racismo, clase y miedo a la caída: por qué la nueva derecha no va de piel, sino de estatus

Una lectura material del voto reaccionario en Europa y Estados Unidos: miedo a la caída, defensa de posición y exclusión securitaria.
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Uno de los errores más persistentes en el análisis del auge de la nueva derecha —tanto en Europa como en Estados Unidos— es seguir interpretándolo exclusivamente en clave racial o ideológica. Esta lectura, heredera del antifascismo clásico, tiende a identificar a sus votantes como supremacistas convencidos, nostálgicos del fascismo histórico o sujetos movilizados por una concepción biológica de la raza. Sin embargo, esta explicación resulta hoy insuficiente para comprender un fenómeno mucho más transversal, material y complejo.

Del racismo explícito al conflicto material

El racismo contemporáneo, en su forma dominante, ya no se articula principalmente a través del insulto, la simbología nazi o la afirmación abierta de una jerarquía racial. Su núcleo se ha desplazado hacia el estatus socioeconómico y el acceso a recursos. La exclusión ya no se justifica en nombre de la sangre o la nación étnica, sino como defensa de una posición adquirida mediante el esfuerzo individual, el mérito o la pertenencia a una “normalidad” amenazada.

Este desplazamiento permite que el discurso sea asumido por personas que no se identifican como racistas —e incluso por individuos pertenecientes a grupos históricamente discriminados— sin que perciban contradicción alguna. El eje ya no es “quién eres”, sino “qué lugar ocupas” y, sobre todo, qué riesgo tienes de perderlo.

“El eje ya no es quién eres, sino qué lugar ocupas… y qué riesgo tienes de perderlo.”

El miedo a la caída como motor político

Buena parte del electorado que hoy gira hacia opciones reaccionarias no responde al arquetipo del “facha clásico”. En España, por ejemplo, encontramos dos perfiles recurrentes: por un lado, sectores de la clase trabajadora propietaria (coche, vivienda, pequeños ahorros) que perciben una amenaza descendente; por otro, sujetos precarizados que habitan barrios masificados, tensionados por la gentrificación, la falta de servicios y la competencia directa por recursos escasos.

En ambos casos, el voto no nace de un deseo de dominación racial, sino del miedo a la caída social. El problema no es el “otro” abstracto, sino el pobre visible, el conflicto que irrumpe en el espacio cotidiano: el deterioro del barrio, la inseguridad percibida, la presencia de miseria sin gestionar. La reacción no es ideológica en sentido fuerte; es defensiva.

Estados Unidos: un conflicto nunca resuelto

En Estados Unidos, este proceso se manifiesta con especial claridad. A diferencia de Europa, el supremacismo blanco no fue derrotado culturalmente tras la Segunda Guerra Mundial, sino administrado mediante la segregación residencial, la desigualdad estructural y un sistema penal que funcionó como frontera interna. El conflicto racial no desapareció: fue contenido.

Cuando ese equilibrio se rompe —por la desindustrialización, la crisis de los opioides, el empobrecimiento de amplias capas de la clase media— el malestar reaparece, pero lo hace reformulado en términos de orden, seguridad y economía. Figuras como Donald Trump no triunfan por prometer una supremacía racial explícita, sino por ofrecer control frente al desorden percibido.

Resulta significativo, además, que muchos referentes de la nueva derecha estadounidense no encajen en el molde del supremacismo biológico. Trump, de ascendencia irlandesa y alemana, o Nick Fuentes, de origen italiano, evidencian una contradicción insalvable si se analiza el fenómeno únicamente en clave racial. El movimiento “America First” está lleno de votantes latinos, italoamericanos o descendientes de inmigrantes europeos recientes. Lo que los cohesiona no es la raza, sino el rechazo al empobrecimiento y a la visibilización del conflicto social en sus entornos inmediatos.

El enemigo no es el inmigrante, sino el pobre desbordante

El discurso reaccionario actual no apunta tanto al inmigrante como categoría abstracta, sino al pobre que desborda los márgenes del sistema: el drogodependiente en el portal, el sintecho en la calle comercial, el joven sin expectativas que rompe la ilusión de estabilidad. Es un clasismo securitario, no un supremacismo clásico.

Este matiz es crucial, porque explica por qué las estrategias basadas exclusivamente en la denuncia moral del racismo fracasan. No conectan con la experiencia material de quienes sienten que pierden algo. No ofrecen soluciones, solo interpelaciones éticas que, en ausencia de cambios estructurales, suenan a homilía.

La responsabilidad de la izquierda

En este contexto, el crecimiento de la extrema derecha no puede entenderse únicamente como una deriva cultural o una manipulación mediática. Cuando la izquierda abandona la intervención sobre las condiciones materiales —salarios, vivienda, servicios públicos, ordenación del territorio— deja un vacío que otras fuerzas ocupan. Aunque no convenzan plenamente a su electorado, al menos ofrecen un relato que canaliza el malestar.

El problema no es que la nueva derecha tenga razón, sino que nadie más está dando respuestas creíbles. Mientras el debate se mantenga en el plano simbólico y moral, el conflicto seguirá desplazándose hacia opciones que prometen protección, aunque sea ilusoria.

Conclusión

El racismo contemporáneo no ha desaparecido, pero ha mutado. Ya no se presenta como doctrina de superioridad biológica, sino como defensa del estatus frente al miedo a la caída. Ignorar este desplazamiento impide comprender por qué amplios sectores sociales —lejos de cualquier imaginario nazi— están votando opciones reaccionarias.

Si no se aborda el problema en su raíz económica y territorial, el resultado será previsible: más polarización, más discursos de exclusión y una extrema derecha cada vez más normalizada. No porque tenga razón, sino porque está ocupando el espacio que otros han decidido abandonar.

¿Y las posibles soluciones?

Si el núcleo del problema no es identitario, sino material, cualquier salida pasa necesariamente por intervenir sobre las condiciones que generan el conflicto. No desde la gestión moral del comportamiento, sino desde políticas que reduzcan la competencia cotidiana por recursos básicos.

La clave no está en tratar la pobreza como una anomalía a contener, sino en equiparar las condiciones de vida entre barrios. Allí donde vivienda, servicios y oportunidades se degradan, el conflicto se intensifica y el discurso securitario encuentra terreno fértil.

Esto implica, de forma elemental, actuar sobre:

  • el acceso a vivienda y alquiler para evitar concentraciones de precariedad,
  • la calidad y presencia de servicios públicos que sostengan la vida cotidiana,
  • la educación y los equipamientos comunitarios como factores de estabilidad a medio plazo,
  • y unas condiciones salariales que reduzcan la presión constante sobre quienes viven al límite.
“Cuando las condiciones materiales se igualan, el miedo pierde centralidad política.”

Cuando estas variables se corrigen, la inseguridad deja de ser una experiencia diaria y el conflicto social deja de proyectarse sobre figuras que funcionan como chivo expiatorio. Abordar el problema únicamente desde el plano simbólico no lo resuelve: lo desplaza.

Si este marco no se entiende y no se traduce en intervenciones materiales —mejoras salariales en los empleos peor pagados, políticas de vivienda que alivien la presión cotidiana, servicios públicos suficientes o el abandono de lógicas de deslocalización que abaratan costes a costa de precarizar territorios—, el debate se queda en el terreno de la homilía. Cuando no hay cambios estructurales perceptibles, parte del malestar social busca otras salidas políticas que, aunque no resulten plenamente convincentes, aún no han decepcionado del todo. En ese desplazamiento se explica el crecimiento de opciones reaccionarias, más como síntoma que como adhesión ideológica plena.

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