No hubo una “conspiración anti-rock”: hubo mercado, concentración y una pequeña oligarquía cultural
No fue una conspiración anti-rock: así se deshorizontalizó la difusión musical
La idea de que el rock fue “silenciado” deliberadamente resulta atractiva porque convierte un proceso complejo en una narración simple. Ofrece culpables reconocibles, una víctima clara y una explicación inmediata para la pérdida de centralidad de un género que durante décadas había ocupado una posición dominante en la cultura popular. Sin embargo, formulada así, como conspiración cerrada, la tesis pierde precisión y también fuerza.
El problema real parece haber sido otro. No tanto una operación secreta contra el rock como un proceso más verificable: la difusión musical se fue haciendo menos horizontal. A medida que radio, televisión musical, promoción y grandes discográficas quedaban cada vez más concentradas, la circulación masiva de canciones dependía de menos intermediarios y de menos centros de decisión. En ese contexto, lo importante no era solo qué gustaba, sino quién tenía la capacidad de decidir qué aparecía ante el público una y otra vez hasta parecer inevitable.
1) El error de hablar de conspiración
Hablar de conspiración anti-rock introduce una imagen demasiado rígida del problema. Sugiere una reunión central, una orden coherente y un plan histórico unificado. Pero la industria cultural raramente funciona así. Sus desplazamientos suelen ser menos teatrales y más materiales. Las empresas reorganizan su oferta, reducen riesgos, persiguen rentabilidad, segmentan audiencias y copian lo que parece funcionar. No siempre hace falta una intención ideológica explícita para producir un efecto de exclusión.
Precisamente por eso conviene abandonar el vocabulario de la conspiración sin absolver el funcionamiento del mercado. El hecho relevante no sería que alguien “decidiera acabar con el rock”, sino que determinados actores adquirieron suficiente poder para decidir qué sonaba como normalidad. Cuando unos pocos grupos concentran promoción, distribución y acceso a la escucha masiva, la cultura popular deja de parecer una conversación amplia y empieza a parecer un sistema de filtros.
2) Cuando la difusión dejó de ser horizontal
Durante mucho tiempo, la circulación musical dependió de un entramado más disperso: radios con mayor margen local, programas especializados, prensa musical con capacidad prescriptiva, televisiones que todavía funcionaban como escaparate y un ecosistema de sellos en el que, pese al peso de los grandes grupos, seguía existiendo un cierto juego entre escena, crítica y mercado. Ese equilibrio nunca fue puro ni plenamente democrático, pero sí dejaba más puntos de acceso.
A finales de los noventa ese modelo se estrechó. La radio comercial se concentró, los grandes sellos siguieron absorbiendo catálogos y estructuras, y la promoción se profesionalizó todavía más en torno a intermediarios que sabían cómo colocar un lanzamiento en las franjas de máxima exposición. El resultado fue una especie de oligarquización de la escucha: no porque desapareciera la diversidad musical real, sino porque la capacidad de convertir una canción en omnipresencia pública quedó más concentrada que antes.
3) Quién empezó a decidir qué se pinchaba
Ese es probablemente el punto más importante del debate. La discusión no gira solo en torno a qué música era mejor, más fresca o más representativa de una generación, sino alrededor de quién empezó a decidir qué se programaba y qué no. La pregunta central no sería si el público dejó de querer el rock, sino hasta qué punto el público podía elegir dentro de una oferta que ya venía muy filtrada por decisiones empresariales previas.
La expresión “qué se pinchaba y qué no” resulta aquí especialmente útil porque remite al lugar material donde la escucha se volvía pública: la rotación de radio, la repetición televisiva, la programación en cadenas, la presencia sostenida en campañas y escaparates. En la medida en que esos espacios dejaron de depender de muchos programadores y empezaron a depender de menos grupos con más capacidad de coordinación, el éxito dejó de parecer solamente una respuesta del público y pasó a ser también una consecuencia de infraestructura.
4) El rock como síntoma, no como excepción
En ese marco, el rock puede leerse mejor como un síntoma que como una excepción. Su pérdida de centralidad no demostraría por sí sola una persecución específica. Lo que mostraría es que incluso un género con un enorme peso comercial, cultural y simbólico podía ser desplazado del centro cuando el sistema de difusión cambiaba sus prioridades y su forma de organizar la atención. Si eso podía pasarle al rock, podía pasarle a cualquier otra escena dependiente de canales centralizados.
Este matiz es importante porque evita el victimismo de tribu. No se trata de defender que al rock “le quitaron lo suyo”, como si poseyera un derecho natural a monopolizar la rebeldía o el prestigio. Se trata de observar que el cambio de reglas afectó a toda la escucha popular. Unos estilos se adaptaron mejor al nuevo ecosistema, otros perdieron presencia y otros quedaron confinados a circuitos cada vez más periféricos. El problema no era solo el destino del rock, sino la reducción general de la horizontalidad en la difusión.
5) Lo que sí puede afirmarse
Lo que sí parece defendible, por tanto, es una tesis más sobria: a finales de los noventa se consolidó un mercado musical más concentrado, más vertical y más capaz de dirigir la atención colectiva desde arriba. Esa transformación no exige hablar de un complot, pero tampoco permite seguir usando la palabra “mercado” como si describiera un terreno neutral. Cuando unos pocos actores controlan buena parte de la programación, la promoción y la distribución, la competencia simbólica deja de ser plenamente abierta.
En ese sentido, la sospecha de muchos músicos no era completamente falsa; simplemente estaba mal formulada. Percibían que algo se había cerrado, que determinadas músicas ya no accedían al mismo tipo de visibilidad y que la cultura dominante se parecía menos a una plaza y más a un embudo. Lo equivocaban cuando lo reducían a una conspiración secreta. Acertaban cuando intuían que se había entregado demasiado poder de escucha a una pequeña oligarquía empresarial.
Cierre
Quizá esa sea la formulación más precisa del problema. No hubo necesariamente una conspiración anti-rock, pero sí una reordenación del espacio musical en la que menos manos pudieron decidir más cosas. Lo decisivo no fue solo qué género ocupó el centro, sino la forma en que ese centro empezó a construirse. Desde entonces, la pregunta relevante ya no sería qué estilo “ganó”, sino quién tuvo la capacidad de fabricar esa victoria como si fuera una simple consecuencia natural del gusto colectivo. Ahí es donde el debate deja de ser nostálgico y se vuelve verdaderamente material.
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