Pobres con miedo a parecer pobres
Pobres con miedo a parecer pobres
Hay una escena cada vez más común, y no hace falta irse a Madrid, Barcelona o al escaparate de Instagram para verla. Está en cualquier ciudad mediana, en cualquier curso de formación, en cualquier trabajo precario, en cualquier cuadrilla rota por los horarios, los alquileres y la ansiedad. Gente que no tiene casa propia, que no sabe si podrá independizarse, que vive con sus padres, que encadena empleos débiles o que sobrevive con nóminas justas, pero que al mismo tiempo necesita proyectar una imagen de éxito, consumo, movilidad y control.
No hablamos de clase media clásica. No hablamos del señor con piso pagado, plaza de garaje, vacaciones aseguradas y colchón familiar. Hablamos de otra cosa más turbia: sujetos precarizados que han aprendido que parecer pobre es casi peor que serlo. Porque la pobreza, en el capitalismo emocional de escaparate, no aparece solo como una situación económica. Aparece como una mancha moral. Como si no llegar fuera culpa tuya. Como si no consumir bien significara no valer.
1) La aporofobia ya no viene solo desde arriba
La aporofobia suele entenderse como rechazo al pobre: al que no tiene recursos, al que no puede devolver nada, al que no encaja en la lógica del intercambio. No se rechaza igual al extranjero rico que al migrante pobre. No se mira igual al turista con dinero que al trabajador que comparte piso, manda dinero a casa y viste con ropa barata. La frontera real no siempre es nacional. Muchas veces es económica.
Pero el asunto se complica cuando ese rechazo no viene solo desde las élites. También aparece entre gente que vive cerca del mismo abismo. Ahí nace una forma de aporofobia lateral: pobres contra pobres, precarios contra precarios, trabajadores inestables contra otros trabajadores inestables. No porque unos sean realmente superiores a otros, sino porque necesitan marcar distancia simbólica.
La frase no dicha sería: “yo estoy mal, pero no soy como esos”. Esa distancia puede colocarse sobre el migrante, sobre el parado, sobre quien vive de ayudas, sobre quien no viste bien, sobre quien no sale en los sitios correctos, sobre quien no tiene coche, sobre quien no viaja, sobre quien no parece productivo. El pobre visible se convierte en espejo insoportable. No se le odia solo por lo que es. Se le odia por lo que recuerda.
2) El consumo como disfraz de estabilidad
Antes la estabilidad se medía de forma bastante material: casa, oficio, contrato, ahorro, familia, red comunitaria. Ahora, para mucha gente joven y no tan joven, esos soportes se han roto o se han encarecido hasta volverse casi ciencia ficción. Si no puedes demostrar estabilidad con una vivienda, la demuestras con signos. Ropa. Móvil. Viajes. Coche. Gimnasio. Restaurantes. Festivales. Fotos. Experiencias. Estética de persona que “está haciendo cosas”.
Esto no significa que quien compre unas zapatillas caras sea idiota ni que quien suba una foto de vacaciones sea un enemigo de clase. La cosa es más profunda. El consumo funciona como una armadura. Si no puedo controlar mi futuro, al menos puedo controlar mi imagen. Si no tengo patrimonio, al menos puedo tener presencia. Si no tengo seguridad, al menos puedo parecer deseable, activo, moderno, competitivo, válido.
El problema es que esa armadura pesa. Obliga a gastar para no desaparecer. Obliga a representar una vida que muchas veces no se tiene. Obliga a ocultar la precariedad, la deuda, la ansiedad, la dependencia familiar o el miedo a quedarse atrás. El consumo deja de ser solo placer y se convierte en contraseña social.
3) Veblen, Bourdieu y la distinción de los que no llegan
Thorstein Veblen habló del consumo ostentoso: gastar no solo para usar algo, sino para mostrar posición. En su mundo, las clases altas exhibían tiempo libre, lujo y derroche para dejar claro que no estaban obligadas a vivir como el resto. Hoy esa lógica se ha democratizado de forma enfermiza. Ya no hace falta ser rico para participar en la representación del estatus. Basta con endeudarse, aplazar pagos o sacrificar tranquilidad.
Pierre Bourdieu ayuda a entender otra capa: la distinción. No solo importa cuánto dinero tienes. Importa cómo hablas, qué escuchas, qué consumes, qué ropa llevas, qué bares pisas, qué planes haces, qué cuerpo tienes, qué gustos exhibes. La clase no es solo nómina. También es estilo, código, vergüenza y pertenencia.
Por eso alguien puede estar económicamente cerca de la pobreza y, aun así, actuar con desprecio hacia quien considera “más bajo”. No porque tenga más poder real, sino porque posee o imita ciertos códigos de respetabilidad. El consumo se vuelve una forma de decir: “puede que esté precarizado, pero no soy vulgar; puede que no tenga casa, pero tengo gusto; puede que no tenga futuro, pero sé moverme”.
4) La vergüenza de clase como combustible
Autoras como Beverley Skeggs han trabajado la idea de respetabilidad en la clase trabajadora. Ser “respetable” no significa solo tener dinero. Significa no ser leído como sucio, desordenado, vulgar, fracasado, dependiente o sospechoso. La pobreza no se castiga solo con falta de recursos. Se castiga con mirada social.
Por eso tanta gente intenta separarse de las etiquetas que huelen a derrota: nini, choni, quinqui, vago, mantenido, paleto, fracasado, panchito, parásito, tirado. Algunas son clasistas. Otras son racistas. Otras mezclan género, barrio, origen, estética y economía. Todas cumplen una función: fabricar un abajo del que conviene huir.
La vergüenza de clase se convierte entonces en motor de consumo y disciplina. No basta con sobrevivir. Hay que parecer limpio, actualizado, activo, deseable, empleable, emocionalmente disponible, físicamente optimizado y políticamente no demasiado incómodo. Hay que tener relato. Hay que estar construyéndose. Hay que parecer proyecto, aunque por dentro estés a punto de reventar.
5) Redes sociales: el escaparate donde nadie quiere ser pobre
Las redes no inventaron la comparación social, pero la volvieron permanente. Antes te comparabas con el vecino, con el primo, con la cuadrilla, con el compañero de clase. Ahora te comparas con cientos de vidas editadas. Gente que viaja. Gente que entrena. Gente que emprende. Gente que folla. Gente que se muda. Gente que compra. Gente que sonríe en pisos luminosos aunque media ciudad esté pagando habitaciones imposibles.
Juliet Schor analizó cómo el consumo se organiza por comparación. No compramos solo por necesidad. Compramos también para no quedar fuera del grupo de referencia. Y el grupo de referencia ya no es tu barrio. Es una mezcla venenosa de influencers, excompañeros, parejas ajenas, profesionales de éxito, gente de grandes ciudades y personajes que viven de vender una vida que parece espontánea pero está cuidadosamente producida.
Ahí la precariedad se vuelve obscena. Nadie quiere mostrar la habitación pequeña, la nevera justa, la ansiedad antes de pagar el alquiler, la llamada a los padres, el contrato parcial, la vuelta al pueblo sin épica, el verano trabajando mientras otros posan. La pobreza desaparece de la imagen pública, pero no de la vida material. Se esconde. Y lo que se esconde acaba generando odio hacia quien no puede esconderlo.
6) Optimismo cruel: aparentar para no hundirse
Lauren Berlant habló de optimismo cruel: desear algo que parece prometer una vida mejor, pero que al mismo tiempo te ata a una forma de sufrimiento. La promesa sería: si me esfuerzo, si consumo bien, si proyecto éxito, si soy competitivo, si tengo buena estética, si no parezco pobre, entonces quizá algún día estaré a salvo.
Pero esa promesa puede convertirse en una jaula. Porque el sistema no te ofrece estabilidad real, solo tareas infinitas de adaptación: mejora tu marca personal, mejora tu cuerpo, mejora tu perfil, mejora tus contactos, mejora tu disponibilidad, mejora tu productividad, mejora tu manera de venderte. Nunca llegas. Siempre falta algo. Siempre hay alguien más joven, más flexible, más barato, más guapo, más conectado, más dispuesto a tragar.
Mark Fisher lo llamaría una forma de realismo capitalista: cuando no puedes imaginar una salida colectiva, solo queda optimizarte dentro de la ruina. No cambias el tablero. Intentas no ser el último peón.
Comentarios
Publicar un comentario