Son los Z neocervantinos?

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¿Son los Z neocervantinos?

O quizá solo han descubierto que la meritocracia era un libro de caballerías: una promesa vieja, heroica y ridícula, repetida en un mundo que ya no puede cumplirla.
Análisis · La Guardilla
4 de mayo de 2026 / Archivo crítico / Serie: Generaciones quemadas

Jesús G. Maestro ha hablado en varias ocasiones de una posible generación cervantina para referirse a jóvenes nacidos en el siglo XXI que viven marcados por el desengaño, la decepción y el desencanto. La idea es sugerente. No porque esos jóvenes sean nuevos Cervantes, sino porque habitan un mundo donde los grandes relatos heredados parecen haberse roto.

La intuición tiene fuerza. Pero conviene discutirla.

Porque una cosa es vivir en una época cervantina y otra muy distinta es ser cervantino.

La generación Z puede haber descubierto antes que otras que la meritocracia es una farsa, que estudiar no garantiza una casa, que trabajar no garantiza estabilidad y que la promesa de futuro suena cada vez más a propaganda. Pero descubrir que un relato es falso no basta para convertirse en Cervantes.

Ahí está el problema.

“Saber que el libro es malo no significa haber escrito El Quijote.”

1) Cervantes no solo habla de molinos

Cuando se habla de El Quijote, casi siempre se vuelve a la escena de los molinos de viento. Don Quijote cree ver gigantes donde solo hay molinos. Sancho le advierte. Don Quijote carga. Se estrella. La escena queda como símbolo de la locura idealista frente a la realidad.

Pero reducir a Cervantes a eso es quedarse corto.

Lo verdaderamente cervantino no es solo que Don Quijote confunda molinos con gigantes. Lo verdaderamente cervantino es que Cervantes se ríe de un relato heroico que ya está viejo: el de los libros de caballerías.

Esos libros prometían nobleza, aventura, prueba, gloria, honor y recompensa. Don Quijote vive poseído por ese imaginario. Cree que el mundo todavía funciona como una novela de caballeros andantes.

Y Cervantes ve el chiste.

No porque Cervantes sea simplemente un cínico. No porque diga: “todo ideal es ridículo”. Sino porque entiende que un relato puede seguir funcionando culturalmente cuando las condiciones materiales que lo hacían creíble ya han desaparecido.

Ahí aparece nuestra época.

Porque hoy también tenemos libros de caballerías.

Solo que no se llaman Amadís de Gaula. Se llaman meritocracia, emprendimiento, marca personal, resiliencia, cultura del esfuerzo, LinkedIn, oposiciones eternas, prácticas no pagadas, movilidad laboral y “si quieres, puedes”.

2) La meritocracia como libro de caballerías moderno

La meritocracia promete algo muy parecido a la novela caballeresca.

Dice:

  • Estudia.
  • Esfuérzate.
  • Sufre.
  • Aguanta.
  • Haz méritos.
  • Sé flexible.
  • Sé positivo.
  • Invierte en ti.
  • No te quejes.
  • Acepta la prueba.
  • Y algún día llegará la recompensa.

La recompensa puede ser una casa. Un trabajo estable. Un salario digno. Una vida adulta. Un lugar social. Un reconocimiento. Una sensación de haber llegado.

El joven contemporáneo ya no sale al mundo con lanza, armadura y caballo. Sale con currículum, máster, ansiedad, prácticas, portfolio, idiomas, contactos y una cuenta de LinkedIn.

Pero la lógica es parecida: cada obstáculo aparece como una prueba individual. Cada fracaso se convierte en culpa personal. Cada explotación se maquilla como aprendizaje. Cada derrota puede ser vendida como relato de superación.

A Cervantes esto probablemente le habría hecho gracia.

No una gracia ligera. Una gracia amarga.

Porque el mecanismo es el mismo: una sociedad repitiendo relatos heroicos cuando el mundo real ya los ha convertido en parodia.

“La meritocracia es nuestro libro de caballerías: promete aventura, prueba y recompensa en un mundo donde cada vez hay menos castillos y más alquileres imposibles.”

3) Autores para entender la trampa

Michael Young ya usó la palabra meritocracia en clave satírica en The Rise of the Meritocracy. No la presentó como una utopía limpia, sino como una advertencia sobre una sociedad que justifica la desigualdad diciendo que cada uno ocupa el lugar que merece.

Michael Sandel ha criticado también esa dimensión moral de la meritocracia. Cuando el éxito se interpreta como mérito personal absoluto, los ganadores tienden a creer que merecen todo lo que tienen y los perdedores quedan humillados, como si su fracaso fuera exclusivamente culpa suya.

Jo Littler, en Against Meritocracy, analiza la meritocracia como un mito cultural neoliberal. No es solo una teoría económica. Es una forma de contar la vida. Una narración que convierte la desigualdad en carrera individual y la precariedad en prueba de carácter.

Bourdieu y Passeron, en La reproducción, ya habían mostrado que la escuela no funciona en un vacío neutral. El capital cultural heredado, la familia, los códigos de clase y las redes sociales influyen en lo que después se presenta como mérito puro.

La meritocracia no solo organiza el trabajo. Organiza la imaginación.

Nos dice qué significa valer. Qué significa fracasar. Qué significa esforzarse. Qué significa merecer. Qué significa no llegar.

Por eso funciona como libro de caballerías moderno.

4) Millennials: los últimos quijotes de la meritocracia

Aquí aparece una diferencia generacional importante. No conviene convertir generaciones enteras en caricaturas, pero sí se puede hablar de climas históricos distintos.

Karl Mannheim explicó que una generación no es solo un grupo de personas nacidas en años parecidos. Es también una posición histórica compartida. No todos viven lo mismo, ni piensan lo mismo, ni tienen las mismas condiciones, pero sí pueden estar marcados por experiencias comunes.

Los millennials fueron educados todavía dentro de una promesa relativamente viva. No porque el mundo fuera justo, sino porque aún quedaban restos de una fe social: estudiar servía, trabajar duro podía abrir puertas, la universidad era una escalera, la oposición era un refugio, el sacrificio podía traducirse en estabilidad.

El mensaje era duro, pero comprensible:

“El mundo es cruel, pero si te esfuerzas, puedes llegar.”

Esa frase es profundamente quijotesca.

No en el sentido noble, sino en el sentido trágico. El millennial salió al mundo creyendo que había pruebas, monstruos, obstáculos y aventuras; pero también cierta recompensa al final del camino.

Luego llegaron la crisis de 2008, la precariedad, los alquileres imposibles, la temporalidad, las prácticas eternas, la emigración, la frustración laboral, la sobrecualificación y la sensación de haber sido educado para un mundo que ya no existía.

Muchos millennials se estrellaron contra los molinos creyendo que eran parte de la aventura.

Y cuando descubrieron que no eran gigantes, sino estructuras económicas bastante vulgares, ya llevaban media vida intentando demostrar que eran dignos del premio.

5) Generación Z: desengañados antes de empezar

Los Z llegan después de esa hostia.

No han tenido que descubrir tan tarde que la promesa estaba rota. Muchos ya nacieron cuando el relato meritocrático empezaba a sonar falso. Vieron a sus hermanos mayores, primos, profesores jóvenes o referentes adultos acumular títulos, trabajos temporales, ansiedad y frustración.

Por eso no compran igual el mito.

  • No creen tanto en el “estudia y tendrás casa”.
  • No creen tanto en el “trabaja duro y llegarás”.
  • No creen tanto en la empresa como familia.
  • No creen tanto en la universidad como ascensor automático.
  • No creen tanto en el futuro como recompensa.

En ese sentido, sí viven una situación cervantina.

Saben que el relato heroico de la meritocracia está roto.

Pero aquí está el problema: saber que el relato es falso no te convierte automáticamente en Cervantes.

6) No creer no es lo mismo que criticar

Esta es la clave.

Una cosa es decir:

“Aguanto porque algún día me darán el premio.”

Y otra cosa muy distinta es decir:

“Sé que probablemente no habrá premio, pero aguanto igual.”

La primera posición todavía pertenece a la novela de caballerías meritocrática. Es ingenua, trágica, voluntarista, pero conserva una fe.

La segunda posición es más oscura. Ya no cree, pero sigue funcionando.

No espera redención. No espera justicia. No espera ascenso. No espera recompensa. Pero sigue adaptándose.

Eso no es cervantino. Eso es nihilismo funcional.

Mark Fisher llamó realismo capitalista a esa sensación de que el sistema puede parecernos absurdo, injusto o agotado, pero aun así resulta casi imposible imaginar una alternativa real. No se trata de creer ingenuamente en el sistema. Se trata de vivir como si no hubiera fuera del sistema.

Ese es el punto: los Z pueden estar desengañados, pero el desengaño por sí solo no es pensamiento crítico.

Puedes saber que la meritocracia es mentira y aun así organizar tu vida según sus reglas.

Puedes reírte del jefe, del algoritmo, de LinkedIn, del emprendimiento y de la cultura del esfuerzo, pero seguir obedeciendo porque hay alquiler, ansiedad, comida, familia, soledad y miedo.

Puedes no creer en el molino como gigante y, aun así, dejar que mande como si lo fuera.

“Una cosa es aguantar porque crees que un día habrá premio. Otra mucho más dura es saber que no hay premio y aguantar igual.”

7) El meme no es todavía Cervantes

La generación Z domina muy bien la ironía. El meme es quizá su gran forma cultural.

El meme detecta la contradicción. La ridiculiza. La comparte. La hace soportable.

Pero muchas veces no la transforma.

El meme puede decir: “todo está roto”. Puede decir: “la vida adulta era una estafa”. Puede decir: “trabajar no sirve para vivir”. Puede decir: “no tendremos casa”. Puede decir: “el futuro ha sido cancelado”.

Pero después de decirlo, muchas veces solo queda seguir.

  • Seguir trabajando.
  • Seguir consumiendo.
  • Seguir haciendo scroll.
  • Seguir buscando pequeñas zonas de placer.
  • Seguir sobreviviendo en micromundos.

Eso no es poco. Sobrevivir ya es bastante.

Pero no es Cervantes.

Cervantes no solo se ríe de los libros de caballerías. Cervantes construye una obra capaz de desmontar el relato que hacía creíbles esos libros. No se limita al chiste. Convierte el chiste en forma crítica.

Ahí está la diferencia.

El meme puede ser una carcajada de supervivencia.

Cervantes es una carcajada que funda una conciencia.

8) Tabla rápida: Quijote, Sancho, millennial y Z

Figura Qué cree Qué hace Problema
Don Quijote Cree que el mundo todavía funciona como relato caballeresco. Sale a buscar aventura, gloria y justicia. Confunde la realidad con un relato agotado.
Sancho Sabe que hay hambre, cuerpo, miedo y necesidad. Acompaña, duda, corrige, ironiza. Puede quedar atrapado en el puro principio de supervivencia.
Millennial meritocrático Cree que el esfuerzo puede llevar al premio. Estudia, se forma, trabaja, aguanta, se sobrecualifica. Descubre tarde que muchas pruebas estaban amañadas.
Generación Z desengañada Sospecha que el premio no existe. Aguanta, ironiza, se adapta, sobrevive. Puede no convertir el desencanto en crítica estructural.

9) Entonces, ¿los Z son neocervantinos?

No necesariamente.

Son una generación posterior al derrumbe de la épica meritocrática. Ven antes que otros que el relato de “esfuérzate y llegarás” es una novela vieja, exagerada y cada vez menos creíble.

Pero eso no basta.

Para ser neocervantino no basta con saber que el libro de caballerías es ridículo. Hay que preguntarse quién sigue imprimiendo ese libro, quién se beneficia de que sigamos leyéndolo y por qué seguimos organizando la vida alrededor de una ficción que ya nadie cree del todo.

Ahí está el límite de la tesis.

Los Z no son necesariamente neocervantinos porque, aunque estén desengañados de la meritocracia, no siempre cuestionan la estructura que la produce. Muchas veces no creen en el premio, pero siguen soportando la prueba.

Y eso es aún más duro que el quijotismo millennial.

El millennial aguantaba porque pensaba que algún día llegaría arriba.

El Z puede aguantar sabiendo que arriba quizá no hay nada.

Eso no es Cervantes.

Eso es vivir después de la fe.

10) Qué sería realmente ser neocervantino

Ser neocervantino hoy no consistiría en volver a creer ingenuamente en grandes ideales. Tampoco en lanzarse contra todos los molinos como si fueran gigantes. Eso sería repetir el error de Don Quijote.

Pero tampoco consistiría en decir: “ya sabemos que todo es mentira, qué más da”.

Eso sería nihilismo.

Ser neocervantino sería otra cosa:

  • Ver que la meritocracia es nuestro libro de caballerías.
  • Ver que sus héroes son muchas veces personajes ridículos.
  • Ver que sus promesas ya no coinciden con el mundo material.
  • Y, aun así, no limitarse a la ironía.

Ser neocervantino sería mirar al molino y decir:

“No eres un gigante. No eres destino. No eres naturaleza. No eres justicia. No eres mérito puro. No eres una prueba heroica. Eres una estructura.”

Y las estructuras no se adoran.

Se analizan. Se nombran. Se discuten. Se cambian cuando se puede. Y cuando no se pueden cambiar de inmediato, al menos no se les concede grandeza moral.

11) Conclusión

Los millennials fueron educados para ser quijotes de la meritocracia. Salieron al mundo creyendo que el esfuerzo podía convertir la precariedad en aventura y el sacrificio en recompensa.

Los Z han llegado después. Ya saben que ese relato está roto. Saben que muchas promesas eran decorado. Saben que el castillo era cartón piedra y que el caballero andante moderno muchas veces solo era un trabajador agotado con discurso motivacional.

Pero saber que el libro es malo no significa haber escrito El Quijote.

Ahí está la diferencia.

Los Z viven en una época cervantina, pero no son automáticamente neocervantinos.

Porque Cervantes no empieza cuando descubres que el gigante era falso.

Cervantes empieza cuando entiendes que el verdadero problema era el relato que necesitaba convertir molinos en gigantes.

Y nuestra época todavía no ha llegado del todo ahí.

De momento, muchas veces, solo hemos aprendido a decir:

“Ya sabemos que no hay premio. Pero hay que seguir aguantando.”

Eso no es neocervantinismo.

Es nihilismo con jornada laboral.

Autores y referencias para tirar del hilo:
· Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha.
· Jesús G. Maestro, teoría de la literatura y lecturas sobre Cervantes.
· Michael Young, The Rise of the Meritocracy.
· Michael Sandel, La tiranía del mérito.
· Jo Littler, Against Meritocracy.
· Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, La reproducción.
· Mark Fisher, Realismo capitalista.
· Karl Mannheim, El problema de las generaciones.
· Mijaíl Bajtín, estudios sobre la novela, la parodia y la polifonía.
· Georg Lukács, Teoría de la novela.
· Richard Sennett, La corrosión del carácter.
· Zygmunt Bauman, Modernidad líquida.
· Hartmut Rosa, estudios sobre aceleración social.
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