El paro antes del paro moderno
El desempleo de la Segunda República no era exactamente el mismo que el actual. Tenía mucho de paro agrario, subempleo rural y estacionalidad. En diciembre de 1933, el 67% de los parados se localizaba en el campo. El problema estaba conectado con el latifundio, el monocultivo, la dependencia del jornal y la falta de una industria capaz de absorber población de manera estable.
Es decir: antes del paro juvenil de oficina temporal, antes del camarero encadenando campañas y antes del fijo discontinuo esperando llamada, hubo un paro de braceros, obras públicas insuficientes y pueblos donde trabajar dependía del ciclo agrícola. La forma cambia; la fragilidad permanece.
El gran salto: de los años setenta al paro estructural
El quiebre del paro español moderno llega después. En los años sesenta, España tenía tasas de paro parecidas a las europeas, alrededor del 2-3%. Pero a partir de la crisis de los setenta, la reconversión industrial y el cambio de modelo, la tasa se dispara. Bentolila y Jimeno resumen que, entre finales de 1975 y mediados de los ochenta, el paro pasó de alrededor del 3,4% a más del 21%.
Desde entonces, la anomalía se vuelve visible: España no solo sufre crisis de empleo, sino que queda instalada en un suelo de paro muy alto. En 1994 alcanzó aproximadamente el 24,1%. En la burbuja inmobiliaria consiguió bajar con fuerza, pero sobre una base frágil. Cuando el ladrillo cayó, el paro volvió a niveles de emergencia.
Datos clave para entender la anomalía
1931: 389.000 parados estimados.
1933: 620.000 parados aproximados.
Junio de 1936: 802.322 parados, incluyendo parciales.
Finales de 1975: alrededor del 3,4% de paro.
1985: alrededor del 21,4%.
1994: alrededor del 24,1%.
Media 2002-2023: 15,9% en España frente a una media europea cercana al 9%, según FEDEA.
4T 2025: 9,93% de paro, con 2.477.100 personas desempleadas.
1T 2026: 10,83% de paro, con 2.708.600 personas desempleadas.
Crecer mucho, destruir mucho
El problema no es que España no cree empleo. Lo crea. A veces, muchísimo. El problema es que lo crea sobre bases frágiles. Construcción, turismo, hostelería, servicios de bajo valor añadido, temporalidad, pequeñas empresas con poca productividad y una enorme dependencia del ciclo económico. Cuando todo va bien, el empleo sube rápido. Cuando llega una crisis, el empleo se desploma.
Esa es la trampa: España funciona como una economía de acelerón y frenazo. En las expansiones parece que el problema se corrige; en las crisis se comprueba que solo estaba dormido. El paro baja, pero no desaparece como anomalía estructural.
La cifra simbólica es el 10%: España puede perforarla en momentos buenos, pero le cuesta mantenerla lejos durante mucho tiempo.
Las causas: no una, sino varias capas
La primera capa viene de lejos: un modelo productivo históricamente desequilibrado. Antes, el problema era el peso del campo atrasado, el jornalero estacional y la falta de industria suficiente. Después, el problema fue una modernización rápida pero desigual: servicios, construcción y turismo crecieron mucho, pero no siempre con productividad alta ni estabilidad.
La segunda capa es la dualidad laboral. Durante décadas, España dividió el mercado entre trabajadores más protegidos y trabajadores temporales que servían como colchón de ajuste. En crisis, se despedía al temporal. En bonanza, se contrataba otra vez. La reforma laboral de 2021 redujo mucho la temporalidad contractual, pero no eliminó del todo la rotación, la estacionalidad ni la fragilidad real de ciertos empleos.
La tercera capa es la baja eficacia de las políticas activas de empleo. No basta con pagar prestaciones: hay que orientar, recualificar, intermediar y conectar a la gente con empleos reales. El Banco de España ha señalado que España debe modernizar los servicios públicos de empleo, evaluar mejor los programas y reforzar las políticas activas en relación con la magnitud del paro.
La cuarta capa es el desajuste formativo. España puede tener millones de parados y, al mismo tiempo, empresas diciendo que no encuentran perfiles. Eso no se explica con el tópico cutre de “la gente no quiere trabajar”. Se explica por mala conexión entre formación y tejido productivo, empleos mal pagados, vacantes en territorios donde vivir es caro o inviable, sobrecualificación juvenil y expulsión de trabajadores mayores.
Un país, varios mercados laborales
Además, el paro español no es una única realidad. Hay varias Españas laborales. Andalucía, Extremadura o Canarias suelen sufrir tasas más altas; País Vasco, Navarra, Aragón, Madrid o Cantabria suelen comportarse mejor. Esto apunta a un mercado laboral profundamente territorializado, donde la estructura productiva, el peso del turismo, la industria, el tamaño empresarial y la movilidad marcan diferencias enormes.
Por eso hablar de “el paro en España” como una sola cosa puede ser engañoso. Hay territorios donde el problema se parece más a estacionalidad turística; otros donde pesa la desindustrialización; otros donde la vivienda expulsa a trabajadores de los lugares con empleo; y otros donde la baja densidad reduce oportunidades.
Entonces, ¿hay una tasa terminal?
No en sentido literal. No hay una ley económica que condene a España a tener siempre un 10%, un 12% o un 15% de paro. Pero sí hay una inercia histórica: cuando el país crece, el paro baja; cuando se frena, vuelve a aparecer el monstruo. No es destino, es estructura.
España ha cambiado mucho desde los años treinta. Ya no es un país de braceros sin seguro de desempleo, ni una economía cerrada, ni una sociedad industrial de reconversión salvaje. Pero algunas lógicas sobreviven: empleo estacional, baja productividad, desigualdad territorial, jóvenes que entran tarde y mal, empresas pequeñas, dependencia del ciclo y políticas de empleo que demasiadas veces llegan tarde, mal o como trámite burocrático.
Cierre
La frase más justa sería esta: España no tiene una tasa de paro terminal desde los años veinte, pero sí una historia larga de desempleo estructural que se vuelve claramente anómala desde los años setenta. Y mientras el país no cambie de verdad su modelo productivo, su formación, su vivienda, su intermediación laboral y su forma de repartir los costes de las crisis, el paro seguirá funcionando como una fiebre crónica: baja, sube, se maquilla, mejora por temporadas, pero nunca termina de irse.
Fuentes y lecturas usadas:
INE, Encuesta de Población Activa, 4T 2025 y 1T 2026.
Ver nota 4T 2025 /
Ver tabla EPA.
Bentolila y Jimeno, análisis del desempleo español.
Ver documento.
FEDEA, documentos de mercado de trabajo.
Ver fuente.
Banco de España, intervención sobre mercado laboral y políticas activas.
Ver documento.
OCDE, Economic Survey Spain 2025.
Ver informe.
Estudio sobre la coyuntura económica española de 1930 y el paro republicano.
Ver artículo.
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