2) La pureza moral como autoengaño
Hay una izquierda que ha convertido la política en una prueba constante de pureza. No basta con tener razón parcial, hay que presentarse como sujeto moralmente limpio: el que protege, el que cuida, el que combate el odio, el que está contra el fascismo, el que no duda porque dudar sería hacerle el juego al enemigo.
Ese narcisismo moral tiene una función psicológica muy clara: permite no mirar las consecuencias materiales de lo que se pide. Si la causa es buena, la herramienta parece automáticamente buena. Si el enemigo es peligroso, el control parece automáticamente necesario. Si se invoca a la infancia o al antifascismo, cualquier objeción se sospecha reaccionaria.
Pero una izquierda materialista no debería preguntar solo por la intención de una norma. Debería preguntar por su arquitectura: qué datos se recogen, quién los guarda, quién audita, qué proveedor cobra, qué dependencia se crea, qué opacidad aparece y qué uso podrá darle el siguiente gobierno.
La intención puede ser progresista. La infraestructura puede acabar siendo reaccionaria.
3) La izquierda de la maquinita
Luego está la otra izquierda: la que mira internet como si fuese una tragaperras luminosa que ha estropeado a los jóvenes. Es el discurso de la maquinita, del “antes jugábamos en la calle”, del “los chavales y las redes sociales”, del adulto que no entiende que internet ya no es solo ocio, sino identidad, socialización, trabajo, información, deseo, consumo, reputación y política.
Esa izquierda gerontocrática cree que puede regular las redes como se regulaba la televisión. Edad mínima, prohibición, campaña institucional, casilla administrativa y mensaje tranquilizador. Sirve para que muchos padres digan: “por fin el Gobierno hace algo”. Sirve para producir sensación de mando. Sirve para ganar votos entre adultos asustados.
El problema es que internet no funciona como una antena de televisión. Internet es una infraestructura distribuida y privatizada. La moderación la hacen plataformas. La verificación puede depender de proveedores externos. La nube puede ser de Amazon, Microsoft o Google. El análisis de datos puede acabar en manos de empresas especializadas en seguridad, defensa o inteligencia.
4) Controlar redes no es controlar televisión
Mariano Rajoy se hizo meme por no entender del todo el territorio digital que tenía delante. Pero el problema no era solo él. Era una clase política entera intentando hablar de internet con categorías viejas: orden público, reputación, menores, delitos, campañas, propaganda. Todo eso existe, sí. Pero debajo hay una capa mucho más dura: infraestructuras, datos, contratos, nubes, APIs, modelos de IA y sistemas de identidad.
Cuando el Estado dice que va a controlar mejor las redes, la pregunta no es solo jurídica. Es técnica y económica. ¿Controlar cómo? ¿Con qué verificación? ¿A través de qué plataforma? ¿Con qué proveedor? ¿Con qué interoperabilidad? ¿Con qué protección frente a filtraciones? ¿Con qué garantías para el anonimato político? ¿Con qué límites de uso futuro?
La Comisión Europea ha presentado directrices de protección de menores y un prototipo de aplicación de verificación de edad en el marco del Digital Services Act. También defiende un enfoque común que permita demostrar la edad sin revelar más datos de los necesarios. Esa promesa de privacidad importa. Pero no cancela la pregunta política: estamos normalizando que acceder a partes de la vida digital requiera acreditación.
Fuente: Comisión Europea.
5) La infraestructura no tiene ideología
Este es el punto que más cuesta asumir: las infraestructuras sobreviven a los gobiernos que las inauguran. Una ley nacida con lenguaje progresista puede ser heredada por un ejecutivo reaccionario. Una base de datos creada para proteger puede ser reutilizada para perseguir. Un sistema de verificación pensado para menores puede convertirse en hábito social de identificación permanente.
La historia no pregunta quién puso la primera piedra con mejores intenciones. Pregunta quién se quedó con el edificio cuando cambió el viento. Y el viento está cambiando. No parece que la próxima década vaya a ser una década de hegemonía progresista tranquila. Más bien parece una década de derechas duras, guerra cultural, securitización, militarización, nostalgia autoritaria y capitalismo tecnológico cada vez más concentrado.
En Reino Unido, un comité parlamentario ha calificado la creciente presencia de Palantir en el sector público como un “punto de debilidad inaceptable” y ha pedido reducir la dependencia de grandes tecnológicas estadounidenses. El caso del contrato del NHS muestra el problema general: cuando los servicios públicos dependen de plataformas privadas de datos, la soberanía deja de ser una palabra abstracta.
Fuente: Parlamento británico.
El problema no es proteger a menores. Es quién guarda la llave.
6) Trump no es el jefe final
Trump no es el jefe final. Es un síntoma. Un monstruo grande, sí, pero no el último. El peligro mayor no es solo el líder reaccionario que grita, firma decretos y moviliza resentimientos. El peligro mayor es el sistema que permite que ese líder llegue a una sala de mandos ya construida.
Las grandes corporaciones tecnológicas no necesitan sustituir formalmente al Estado. Les basta con convertirse en su infraestructura. El Estado legisla, la empresa implementa, la nube aloja, el proveedor verifica, el algoritmo clasifica, la plataforma modera y el ciudadano queda traducido a perfil, riesgo, edad, credencial, historial y comportamiento.
Amazon anunció una inversión de hasta 50.000 millones de dólares para ampliar capacidad de IA y supercomputación destinada a agencias federales de Estados Unidos, incluyendo AWS Top Secret, AWS Secret y GovCloud. No es una anécdota: es el mundo que viene. Estado, nube, defensa, inteligencia artificial y datos formando una misma columna vertebral.
Fuente: Amazon.
7) La izquierda puede estar siendo utilizada
La extrema derecha pone el caos. Las plataformas ponen el veneno. Los medios ponen el pánico moral. Los padres ponen el miedo. Y una parte de la izquierda pone el lenguaje noble: infancia, seguridad, democracia, convivencia, antifascismo.
Esa combinación es peligrosísima. Porque permite aprobar medidas de control con una coartada emocional casi perfecta. Nadie quiere salir diciendo que no hay que proteger a los niños. Nadie quiere quedar como defensor del odio en redes. Nadie quiere parecer ingenuo ante la manipulación digital. El resultado es que la discusión se estrecha y las garantías pasan a segundo plano.
La izquierda institucional puede actuar por ingenuidad o por cálculo. Ingenuidad: creer que de verdad puede domesticar plataformas globales con normas nacionales. Cálculo: saber que la política de prohibición tranquiliza a adultos y produce sensación de autoridad. En ambos casos, la consecuencia puede ser la misma: más infraestructura de control y más dependencia privada.
8) Proteger sin construir panóptico
La alternativa no es dejar las redes como un vertedero. La alternativa es desplazar el objetivo. No se trata de vigilar más a todos los usuarios para demostrar su edad a cada paso. Se trata de atacar el modelo de negocio que convierte la infancia en mercado cautivo.
Una izquierda seria debería poner el foco en prohibir el perfilado publicitario de menores, limitar el diseño adictivo, auditar algoritmos, abrir datos a investigadores, sancionar los patrones oscuros, exigir interoperabilidad, reducir monopolios y reforzar educación digital real en familias, centros educativos y barrios.
Si hay verificación de edad, debe ser mínima, descentralizada, auditada, temporal, proporcional, sin trazabilidad general de navegación y con derecho efectivo al anonimato político. Y cuando haya contratos públicos sensibles, la contratación debe ser transparente, reversible y sometida a control democrático. La seguridad no puede ser una excusa para privatizar la soberanía.
9) Una izquierda materialista debería desconfiar
El antifascismo del siglo XXI no puede consistir en pedir más vigilancia. Tiene que consistir en impedir que el poder político y el poder corporativo construyan juntos una infraestructura que mañana podrá usarse contra cualquiera: menores, migrantes, sindicalistas, periodistas, activistas o simples ciudadanos incómodos.
La izquierda se equivocó de distopía. No era solo Orwell. No era solo la censura estatal clásica. Era algo más pegajoso, más cómodo y más moderno: una alianza entre paternalismo político, pureza moral, miedo social, plataformas adictivas, proveedores privados y Estados que delegan cada vez más la gestión de la vida digital.
Trump no es el jefe final: es un síntoma del mundo que viene.
La pregunta decisiva no es si queremos proteger a los menores. La pregunta decisiva es si vamos a entregar internet a una arquitectura de identificación permanente porque no nos atrevemos a regular de verdad el capitalismo digital. Y esa pregunta, aunque incomode, también es una pregunta de izquierdas.
Fuentes y contexto
Este artículo parte de una tesis editorial y no pretende cerrar el debate. Para situar los datos: el anuncio español sobre menores de dieciséis años y verificación de edad está recogido por La Moncloa; la Comisión Europea trabaja en directrices y herramientas de verificación de edad dentro del marco del DSA; el Parlamento británico ha advertido sobre dependencia pública de Palantir; y Amazon ha anunciado expansión de infraestructura de IA para agencias federales estadounidenses.
Fuentes consultadas:
La Moncloa,
Comisión Europea - DSA y menores,
Comisión Europea - verificación de edad,
Parlamento británico - Palantir,
Reuters - contrato Palantir/NHS,
Amazon - IA para agencias federales.
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