¿Qué nos enseñó Persépolis?

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¿Qué nos enseñó Persépolis?

La obra de Marjane Satrapi rompió la caricatura cómoda de Oriente y nos obligó a mirar Irán como una sociedad histórica, contradictoria y viva.
Ensayo / Reseña · La Guardilla
5 de junio de 2026 · Archivo cultural
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Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que el mundo parecía más pequeño, más fácil y más dicotómico. Para mucha gente criada en la España de los 90 y los 2000, el mapa mental era bastante simple: Occidente, capitalismo, trabajo, ricos y pobres. Y, de repente, tras el 11-S, las guerras de Afganistán e Irak y el discurso del “eje del mal”, apareció otro bloque imaginario: Oriente, el islam, los señores con turbante, el terrorismo, las mujeres con velo y una colección de prejuicios heredados que casi nadie se molestaba en revisar.

Antes de internet, o al menos antes de que internet rompiera del todo la burbuja mediática occidental, mucha gente vivía dentro de un mundo que solo se escuchaba a sí mismo. El resto aparecía como decorado, amenaza o caricatura. No era conocimiento: era ruido colonial, racismo heredado y televisión de sobremesa.

Marjane Satrapi en 2007
Marjane Satrapi, 2007. La autora de la novela gráfica y codirectora de la adaptación cinematográfica. Foto: Giorgio Montersino / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.
Mujeres iraníes protestando contra el hiyab obligatorio en la Universidad de Teherán en 1979
Teherán, marzo de 1979. Protesta de mujeres contra el hiyab obligatorio tras la Revolución iraní. Fuente: Kayhan / Wikimedia Commons, dominio público.
Relieve en Persépolis, Irán
Persépolis, Irán. El nombre de la obra remite también a una memoria histórica anterior al tópico moderno de “Oriente”. Foto: Pawel Ryszawa / Wikimedia Commons, CC BY 3.0.

1) El mundo pequeño de los 2000

Para buena parte de la sociedad española, aquellos países eran poco más que una mezcla grotesca de tópicos: desiertos, fanatismo religioso, mujeres sometidas y hombres barbudos gritando cosas que nadie entendía. El imaginario era tan pobre que todo quedaba metido en el mismo saco: árabes, persas, musulmanes, chiíes, suníes, Oriente Medio, terrorismo, petróleo y atraso.

El problema no era solo la ignorancia. Era la comodidad. Occidente podía mirarse como la isla racional, moderna y civilizada, mientras convertía a los demás en una versión infantilizada, peligrosa o exótica de la humanidad. Y ahí entra Persépolis.

“Persépolis fue una grieta en una visión infantil del mundo: nos obligó a entender que detrás de Oriente no había un decorado, sino historia.”

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