¿Qué nos enseñó Persépolis?
¿Qué nos enseñó Persépolis?
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que el mundo parecía más pequeño, más fácil y más dicotómico. Para mucha gente criada en la España de los 90 y los 2000, el mapa mental era bastante simple: Occidente, capitalismo, trabajo, ricos y pobres. Y, de repente, tras el 11-S, las guerras de Afganistán e Irak y el discurso del “eje del mal”, apareció otro bloque imaginario: Oriente, el islam, los señores con turbante, el terrorismo, las mujeres con velo y una colección de prejuicios heredados que casi nadie se molestaba en revisar.
Antes de internet, o al menos antes de que internet rompiera del todo la burbuja mediática occidental, mucha gente vivía dentro de un mundo que solo se escuchaba a sí mismo. El resto aparecía como decorado, amenaza o caricatura. No era conocimiento: era ruido colonial, racismo heredado y televisión de sobremesa.
1) El mundo pequeño de los 2000
Para buena parte de la sociedad española, aquellos países eran poco más que una mezcla grotesca de tópicos: desiertos, fanatismo religioso, mujeres sometidas y hombres barbudos gritando cosas que nadie entendía. El imaginario era tan pobre que todo quedaba metido en el mismo saco: árabes, persas, musulmanes, chiíes, suníes, Oriente Medio, terrorismo, petróleo y atraso.
El problema no era solo la ignorancia. Era la comodidad. Occidente podía mirarse como la isla racional, moderna y civilizada, mientras convertía a los demás en una versión infantilizada, peligrosa o exótica de la humanidad. Y ahí entra Persépolis.
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