The Boys, Homelander y la grieta del fin del capitalismo
The Boys, Homelander y la grieta del fin del capitalismo
The Boys terminó hace unas semanas y, sinceramente: ñeh.
No porque el final sea completamente incoherente con el espíritu del cómic. De hecho, en el cómic la idea está bastante clara: puedes cargarte a Homelander, puedes cargarte a Black Noir, puedes cargarte a quien quieras, pero Vought va a seguir. La bestia del capital siempre encuentra otra cabeza, otro logo, otro héroe, otra camiseta, otro reboot, otra campaña de marketing y otra forma de venderte exactamente la misma mierda con distinto packaging.
Hasta ahí, bien.
El problema es que la serie no ha contado exactamente eso. O, mejor dicho: ha intentado llegar a esa conclusión después de haber construido otra cosa.
Porque en la serie Homelander no es solo “un producto de Vought”. No es solo un superhéroe fascista fabricado por una corporación. No es solo una sátira de Superman mezclado con televisión basura, trumpismo, masculinidad rota, propaganda patriótica y complejo de niño abandonado. Homelander, por cómo lo ha construido la propia serie, es un arma histórica.
El monstruo no era el problema: el problema era lo que podía cambiar
No estamos haciendo aquí la defensa incel, pseudoedgy, medio raruna, de Homelander como si fuera un pobre incomprendido con capa. No. Homelander es un monstruo. Es un niño narcisista metido dentro del cuerpo de un arma de destrucción masiva. Precisamente por eso funciona. Y precisamente por eso Antony Starr está tan brutal: porque no interpreta solo a un villano poderoso, interpreta a un tío emocionalmente hecho mierda que podría borrar media ciudad si un día se levanta con el ego un poco torcido.
Pero una cosa es que Homelander sea débil por dentro y otra muy distinta es que el guion lo pueda volver débil por fuera cuando le conviene.
Durante temporadas, la serie te está diciendo: este tío puede cambiarlo todo. Si Homelander rompe el pacto, si deja de necesitar la aprobación de la gente, si deja de tener miedo al rechazo, si deja de jugar a ser amado y decide simplemente mandar, no hay institución, ejército, gobierno, empresa o presidente que pueda plantarle cara de manera normal.
La serie se pasa capítulos enteros construyendo esa tensión: ¿qué pasa si este tío deja de fingir que vive dentro de la democracia liberal y se comporta como lo que materialmente es?
Pues que cambia la historia.
Y ahí está la contradicción con el final.
Porque cuando llega el momento, la serie parece asustarse de lo que ha creado. Primero te vende que Homelander es imparable. Luego te vende que no, que igual hay formas de frenarlo. Luego te vende que sí, que sigue siendo una amenaza histórica. Y al final saca el cuchillo jamonero de guion, le mete un nerfeo bastante salvaje y te dice: bueno, ya está, volvemos a la tesis del cómic, Vought sigue, el capitalismo se reinicia, la rueda gira.
Y no.
No porque Homelander tuviera que ganar. No porque necesitáramos un final de Homelander emperador del mundo. No porque haga falta convertir esto en Injustice y ponerle una capa negra y un trono. El problema es otro: si tú has construido un personaje que materialmente puede alterar las relaciones internacionales, económicas y sociales de la principal potencia mundial, no puedes luego hacer como si fuera solamente una cabeza más del sistema.
Porque no lo es.
Homelander como pólvora, no como influencer con capa
Homelander no es solo Elon Musk con rayos láser. No es solo Trump con superpoderes. No es solo un producto cultural. Homelander es pólvora. Es arma de fuego. Es energía nuclear. Es Eren Jaeger. Es una de esas cosas que, cuando aparecen, hacen que la historia ya no pueda seguir organizada igual.
Y esto es lo que la serie parece no querer mirar de frente.
La historia no funciona solo con discursos. No funciona solo con ideología, propaganda, marcas y relatos. Funciona también con tecnología, armas, cuerpos, energía, monopolios de violencia, recursos y capacidad material de imponer cosas. Y cuando aparece una herramienta que cambia el equilibrio de fuerzas, la sociedad no sigue igual porque al guionista le venga bien.
La pólvora no destruyó el feudalismo ella sola, claro. No es que un señor tirara un petardo y de repente apareciera el Estado moderno. Pero sí ayudó a romper un equilibrio. Antes, un noble con castillo, caballería, hombres armados y tierras podía negociar con el rey desde una posición de fuerza. La guerra tenía otra escala. El poder estaba más fragmentado. Pero cuando empiezan a pesar la artillería, los ejércitos permanentes, la fiscalidad centralizada y la capacidad de financiar violencia a gran escala, la cosa cambia.
Ya no vale solo con tener el estandarte más grande y unos cuantos caballeros haciendo el flipado.
La violencia se reorganiza.
Lo mismo pasa con la energía nuclear. No acaba con el capitalismo, pero cambia las relaciones internacionales para siempre. Lo mismo con el vapor y la industrialización: no inventan la explotación, pero transforman por completo la economía agraria, la ciudad, el trabajo, la fábrica, el tiempo y el cuerpo del trabajador.
No es “la tecnología lo determina todo”, pero tampoco es “la ideología lo absorbe todo y aquí no pasa nada”.
Entonces, si en tu mundo existe Homelander, y Homelander es realmente lo que la serie dice que es, no puedes escribir un final como si Vought simplemente fuera a reiniciar la franquicia y ya.
Porque Homelander cambia el tablero.
Ilustración, posmodernidad y realismo capitalista para no dormirse
Aquí se cruzan tres ideas grandes, pero vamos a decirlo sin convertir esto en una clase insoportable.
La primera sería la idea ilustrada, o al menos su versión más optimista: la historia avanza, la razón ilumina, la ciencia libera, el mundo camina hacia una época de felicidad, progreso y libertad. La humanidad, con suficiente conocimiento, dejará atrás la superstición, la tiranía y la miseria.
Luego llega el siglo XX, con sus guerras mundiales, sus campos, sus bombas, sus imperios, sus fábricas de muerte y su burocracia del horror, y esa fe se rompe. Ahí entra la sensibilidad posmoderna: cuidado con los grandes relatos, cuidado con la idea de progreso, cuidado con pensar que la historia tiene una dirección clara y que la razón nos va a salvar de nosotros mismos. Todo relato universal empieza a oler a coartada.
Y luego está el realismo capitalista: ya no creemos en el progreso luminoso, ya no creemos en los grandes relatos emancipadores, pero tampoco sabemos imaginar una salida. Nos queda un mundo donde es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Meteoritos, zombis, pandemias, guerras nucleares, ciudades inundadas, desiertos radioactivos, peña bebiendo agua de váter en un mundo postapocalíptico: eso sí. Pero una sociedad donde el capitalismo haya dejado de ser el aire que respiramos, eso ya cuesta más.
Vale.
Pero también hay que tener cuidado con convertir esa idea en una pose.
Porque una cosa es criticar el realismo capitalista y otra cosa es usarlo como comodín cool para decir: “nada puede cambiar nunca, todo se absorbe, el sistema siempre gana, qué profundo soy”.
Y no siempre funciona así.
Lo que la serie quiere decir
Da igual que mates a Homelander: Vought seguirá, el capital se reiniciará y la franquicia encontrará otra forma de venderte héroes.
Lo que la serie ha mostrado
Existe un arma humana capaz de alterar el equilibrio militar, político y económico del mundo. Eso no es solo marketing. Eso cambia la historia.
El capitalismo no desaparecería: mutaría a algo peor
Y ojo: no estamos diciendo que Homelander vaya a traer un mundo mejor. Evidentemente no. No estamos diciendo que necesitemos un Homelander. No estamos diciendo “ojalá un tío con capa venga a acabar con el capitalismo”. Eso es literalmente fantasía fascista de niño roto.
Lo que decimos es que, si existe una figura así, el capitalismo no puede seguir funcionando exactamente igual.
Mutaría.
Se militarizaría más. Se feudalizaría. Se convertiría en otra cosa. Quizá en un capitalismo de señores de la guerra. Quizá en corporaciones intentando crear su propio Homelander. Quizá en Estados peleando por tener supes como quien peleaba por tener uranio, petróleo o portaaviones. Quizá en un sistema de hordas a lo Genghis Khan, pero con un señor con capa en vez de caballería.
Pero no sería “el mismo sistema de siempre y Vought vuelve a sacar muñequitos”.
Ahí es donde la serie se queda corta.
Porque la propia serie ya tenía los elementos para ir por ahí. Tenías el Compuesto V. Tenías Godolkin. Tenías a Marie Moreau. Tenías formas de experimentar con los cuerpos. Tenías supes capaces de hacer cosas cada vez más bestias. Tenías a Soldier Boy. Tenías a Kimiko. Tenías a Butcher convertido en otra cosa. Tenías un mundo donde las corporaciones, los Estados y los laboratorios ya estaban jugando a fabricar armas humanas.
O sea: el tablero estaba puesto.
El problema es que, cuando había que jugar la partida hasta el final, la serie prefirió recoger las fichas.
Los dos caminos coherentes que la serie podía haber tomado
Había dos caminos coherentes.
Uno: Homelander no es tan imparable porque el propio sistema ya ha creado formas de neutralizarlo. En ese caso, perfecto. La tesis del cómic encaja. Ningún individuo, ni siquiera el más poderoso, está por encima de la maquinaria que lo fabrica. Vought, el Estado, los laboratorios y los intereses militares tienen mecanismos para reciclar incluso al monstruo que se les va de las manos.
Pero eso había que construirlo bien.
No puedes sacarlo al final como quien encuentra una llave inglesa debajo del asiento después de que el coche se haya salido de la carretera, haya dado cincuenta vueltas de campana, haya explotado tres veces y luego vuelva a la autopista como si nada.
El otro camino era el contrario: Homelander sí es imparable. Y entonces, aunque sea anticlimático, aunque sea incómodo, aunque sea desagradable, tienes que ser valiente y mostrar las consecuencias. No necesariamente un final de “Homelander gana y se sienta en el trono”. Pero sí un mundo roto por su existencia. Un mundo donde ya no puedes vender la moto de que el capitalismo liberal corporativo sigue funcionando igual.
Camino 1: el sistema lo absorbe
Homelander parece Dios, pero Vought, el Estado y los laboratorios ya han preparado el mecanismo para reciclarlo, sustituirlo o apagarlo.
Camino 2: el arma rompe la época
Homelander no puede ser controlado y el mundo entra en una nueva forma de poder: fascismo superheroico, feudalismo corporativo o guerra fría de supes.
Cualquiera de las dos opciones podía funcionar.
Lo que no funciona tanto es quedarse en medio. Hacer que Homelander sea, según el capítulo, amenaza geopolítica imparable o señor vulnerable al que el guion le baja los stats porque toca cerrar.
Cuando otras obras sí entienden sus propias armas
Hay obras que entienden mejor este problema.
Ataque a los Titanes entiende que los titanes no son solo monstruos grandes. Son armas históricas. Por eso hay sistemas brutales de control, herencia, propaganda, memoria, militarización y encierro. Los titanes cambian el mundo, y la obra se toma en serio esa consecuencia.
El Señor de los Anillos, desde una lógica más moral que materialista, también lo entiende. El Anillo no es solo un objeto poderoso. Es una fuerza que reorganiza el deseo, corrompe, concentra poder y hace imposible usarlo “bien” sin pagar un precio. La magia no está ahí porque queda guay. Tiene consecuencias.
Incluso Harry Potter, con todas sus limitaciones y sus agujeros, entiende que si existen magos capaces de alterar la realidad, tiene que haber una estructura de secreto, persecución, supremacismo, miedo y control. De hecho, la posibilidad de que los magos cambien el sistema mediante un supremacismo mágico está dentro de la propia trama. No es un detalle menor.
The Boys, en cambio, quiere tener las dos cosas. Quiere construir a Homelander como arma capaz de romper el paradigma, pero luego quiere cerrar con la tesis de que el capital siempre reinicia la franquicia.
Quiere decirte: “el sistema gana”.
Pero durante el camino te ha mostrado un elemento que podría obligar al sistema a transformarse por completo.
Y ahí el mensaje se agrieta.
El realismo capitalista como barniz cool
El realismo capitalista funciona si el sistema absorbe lo que se rebela contra él. Funciona si la mercancía digiere la crítica, si la empresa convierte la rebelión en logo, si el mercado vende camisetas con la cara del que quería destruirlo.
Eso The Boys lo entiende perfectamente cuando habla de marketing, orgullo corporativo, diversidad vaciada, patriotismo como producto, héroes como marcas y escándalos convertidos en campaña de comunicación.
Pero si introduces algo que puede cambiar las condiciones materiales del propio sistema, tienes que escribir esa mutación. Tienes que mostrar cómo el capitalismo se adapta, cómo se convierte en otra cosa, cómo fabrica monstruos nuevos, cómo se militariza o cómo directamente deja paso a una forma peor de dominación.
Lo que no puedes hacer es decir: “bueno, sí, existe un tío que puede partir la historia en dos, pero al final lo resolvemos y volvemos al mensaje de siempre”.
Eso no es profundidad.
Eso es pegar un volantazo.
No hacía falta copiar Injustice, pero sí hacía falta ser valiente
Ojo, que no hacía falta que el final fuera exactamente Homelander fascista a lo Superman en Injustice. Eso ya se ha hecho. Tampoco hacía falta copiar Invencible y sacar un Nolan Grayson con mala leche. Pero sí hacía falta aceptar que habías creado algo de ese calibre.
Habías creado una figura que no podía morir como un villano más sin que el mundo se tambaleara.
Porque si Homelander puede ser derrotado relativamente fácil, entonces no era tan amenaza.
Y si no puede ser derrotado, entonces el mundo que has escrito ya no puede seguir igual.
Pero la serie intenta quedarse en medio. Y quedarse en medio, aquí, queda flojo. Queda como si quisiera ser una crítica feroz del capitalismo, del fascismo, de la cultura pop y del poder corporativo, pero al final tuviera miedo de romper demasiado su propio juguete.
Y esa es la gran paradoja.
The Boys empezó riéndose de las franquicias de superhéroes, de Marvel, de DC, del espectáculo vacío, del marketing progresista de empresa, de los héroes como marcas, del capitalismo poniéndose una chapa arcoíris mientras vende armas por detrás.
Pero termina cayendo en algo muy parecido a lo que critica: necesita que la marca siga girando. Necesita que el tablero quede lo bastante limpio. Necesita que el mensaje sea reconocible. Necesita que podamos decir “Vought gana” aunque la propia historia haya planteado que quizá el problema ya no era solo Vought.
Conclusión: Vought gana, pero no como la serie cree
Porque, sinceramente, si existe Homelander, el mundo no vuelve a ser el mismo.
No será un mundo mejor. Seguramente será peor. Pero no será simplemente el capitalismo de siempre con más sangre, más cinismo y más anuncios de superhéroes.
Será otra cosa.
Más fea, más militarizada, más fascista, más corporativa, más feudal, más absurda, más de señores con capa usando Estados como si fueran empresas de seguridad privada. Pero otra cosa.
Y por eso el final deja esa sensación de ñeh.
No porque Homelander mereciera ganar. No porque queramos defender al monstruo. No porque estemos pidiendo una fantasía de poder reaccionaria con láseres y capa.
Sino porque la serie no se atreve a mirar de frente lo que ha creado.
Ha creado una bomba histórica.
Y luego ha intentado apagarla con una llave inglesa.
Fuentes, referencias e ideas de fondo
Obra principal: The Boys, serie de Prime Video basada en el cómic de Garth Ennis y Darick Robertson.
Imágenes: material promocional de About Amazon / Prime Video / Amazon MGM Studios. Si vas a publicarlo en Blogger y quieres reducir riesgo, puedes sustituirlas por embeds oficiales, capturas comentadas con finalidad crítica o composiciones propias.
Idea teórica central: realismo capitalista, popularizado por Mark Fisher a partir de la frase atribuida habitualmente a Fredric Jameson y Slavoj Žižek: “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.
Comparaciones narrativas: Ataque a los Titanes, Injustice, Invencible, El Señor de los Anillos y Harry Potter.
Nota histórica: la comparación con la pólvora, el vapor o la energía nuclear no pretende decir que una tecnología determine por sí sola la historia, sino señalar que ciertas herramientas alteran las relaciones de poder, la guerra, la economía y la organización política.
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