2) Cómo se construye un monolito
Un hombre o una mujer corrientes no piensan mediante programas cerrados. Pueden defender el matrimonio igualitario y desconfiar de una ley concreta; preocuparse por el cambio climático y conducir un coche diésel; apoyar la inmigración y pedir más seguridad en su barrio; considerarse feministas y criticar una campaña feminista; votar a la izquierda y tener opiniones conservadoras sobre la educación. La vida política real está llena de contradicciones, experiencias parciales y posiciones que no encajan en un solo paquete.
La polarización necesita borrar esa complejidad. Para ello reúne los ejemplos más extremos del adversario y los presenta como facetas de una misma persona. Una activista universitaria, una ministra, una cuenta anónima de X, una campaña publicitaria torpe y una actriz famosa terminan fundidas en el mismo personaje. Después, cualquier palabra asociada a ese personaje funciona como prueba de que el resto del paquete también está presente.
Así nace el monolito progresista: odia a los hombres, considera violación cualquier interacción, llama fascista a quien discrepa, defiende sin matices cualquier política migratoria, quiere prohibir el humor, come vegano, desprecia al trabajador manual y vive protegido por una institución pública. Ninguna persona concreta necesita reunir esos rasgos. Lo importante es que el público haya aprendido a reconocer el molde.
3) Palabras gatillo y conversaciones clausuradas
En este sistema, palabras como feminismo, racismo, privilegio, ecologismo o fascismo dejan de introducir temas y comienzan a identificar enemigos. El receptor no escucha una proposición que pueda ser verdadera, falsa, exagerada o incompleta. Escucha una señal de pertenencia.
Si alguien menciona el machismo, una parte de la audiencia ya no pregunta qué conducta está describiendo. Supone que esa persona cree que todos los hombres son violentos. Si habla de racismo, se le atribuye una defensa automática de cualquier persona inmigrante. Si utiliza la palabra fascismo, se da por hecho que llama fascista a todo el mundo. La crítica se rechaza antes de conocer su contenido porque el término ha activado el personaje.
Eso explica que una discusión sobre si debe debatirse con nazis pueda deslizarse, casi sin transición, hacia las feministas, la delincuencia o los inmigrantes que vienen a robar. No existe una relación lógica necesaria entre esos asuntos. Existe una relación narrativa: todos pertenecen al archivo mental del mismo adversario imaginario.
«La palabra gatillo no demuestra lo que piensa el emisor; permite que el receptor deje de averiguarlo.»
4) Antes fue el «facha»
Este mecanismo no fue inventado por la derecha digital. Durante buena parte de los años 2010, determinados espacios progresistas dispusieron de una autoridad cultural suficiente para hacer una operación parecida con la palabra facha. No dominaban toda la sociedad ni todas las instituciones, pero sí numerosos entornos mediáticos, universitarios, culturales y digitales en los que se definían con rapidez las nuevas normas de respetabilidad.
España y buena parte de Occidente atravesaban cambios gigantescos en menos de veinte años: nuevas formas familiares, derechos LGTBI, feminismo masivo, transformación del lenguaje, mayor sensibilidad frente al racismo, memoria histórica, crisis climática, redes sociales y aparición de nuevas identidades políticas. Muchos cambios eran necesarios y ampliaron derechos. Pero su velocidad produjo también desorientación, torpeza y resistencias de naturaleza muy distinta.
No era lo mismo un militante fascista que una persona mayor utilizando un vocabulario aprendido décadas atrás; ni un machista organizado que alguien incapaz de comprender de inmediato una norma nueva; ni una crítica conservadora que una amenaza a los derechos civiles. Sin embargo, la lógica de bloque tendió a agrupar bajo una misma etiqueta la hostilidad, la ignorancia, la lentitud para adaptarse, la discrepancia razonable y la mala fe.
El problema no fue llamar fascista a un fascista. Fue convertir una categoría histórica y política en una explicación total del individuo. Cuando cualquier incumplimiento del paquete progresista podía revelar que alguien era «facha», la pedagogía cedía terreno a la sanción y la discusión concreta quedaba sustituida por un juicio de identidad.
5) Cambios sociales sin pedagogía suficiente
Una parte de la izquierda confundió con demasiada frecuencia la lentitud cultural con la maldad política. Los cambios podían estar moralmente justificados y, al mismo tiempo, necesitar explicación, negociación y tiempo social. La alternativa entre aceptar inmediatamente el vocabulario completo o quedar situado al otro lado de la frontera moral alimentó un resentimiento que después sería aprovechado por la reacción.
También existía una crítica legítima a ciertas hipocresías. Se denunciaba la precariedad mientras se consumían servicios sostenidos por trabajadores precarios; se defendía la diversidad desde ambientes muy homogéneos; se proclamaba sensibilidad social mediante códigos culturales difíciles de manejar para quien no había pasado por la universidad. Sectores del centro y de la derecha exageraron esas contradicciones, pero no tuvieron que inventarlas todas.
La respuesta más cómoda consistió muchas veces en considerar reaccionaria cualquier observación sobre esos límites. Eso permitió que la crítica a una izquierda marginal, universitaria o intensamente conectada a las redes terminara presentándose como una descripción de toda la izquierda.
6) La promesa material que no llegó
El ciclo no puede entenderse solo mediante batallas culturales. La izquierda que emergió después de la crisis de 2008 había prometido vivienda accesible, empleo digno, redistribución, servicios públicos, democratización y ruptura con las élites. Su fuerza procedía de problemas materiales concretos: desahucios, paro juvenil, corrupción, salarios bajos y pérdida de expectativas.
Algunas políticas mejoraron vidas y otras chocaron con límites institucionales, económicos o parlamentarios. Pero, para mucha gente, la distancia entre la promesa y la experiencia cotidiana siguió siendo enorme. Mientras la vivienda se encarecía, la precariedad persistía y el ascenso social se debilitaba, las polémicas simbólicas ofrecían victorias más rápidas, visibles y baratas.
Esa descompensación produjo una imagen devastadora: una izquierda incapaz de transformar suficientemente lo material pero extraordinariamente competente para corregir palabras, clasificar comportamientos y señalar culpables culturales. La imagen era injusta como descripción total, pero resultaba eficaz porque conectaba con frustraciones reales.
7) El cambio de ciclo
La derecha cultural aprendió de aquel fracaso. No se limitó a defender posiciones conservadoras; construyó una identidad basada en la resistencia frente al supuesto paquete progresista. El término woke, importado y descontextualizado, permitió reunir feminismo, ecologismo, antirracismo, derechos trans, inmigración, corrección política, comunismo y censura en una sola amenaza.
Hoy la sanción puede operar en dirección contraria. Una persona no necesita sostener una propuesta radical. Basta con utilizar el vocabulario asociado a la izquierda para quedar marcada como intolerante, adoctrinada o enemiga de la libertad. El nuevo centro de gravedad digital no exige demostrar que Ester Expósito defienda un programa revolucionario; le basta con que diga que no debate con nazis y se declare feminista.
El cambio es visible en la cultura de los streamers, pódcast, vídeos breves y cuentas de entretenimiento. Presentarse como alguien que «dice lo que nadie se atreve a decir» se ha convertido en una fuente de autenticidad. La incorrección ya no aparece como una transgresión marginal, sino como una prueba de independencia frente a una censura progresista que se presupone omnipresente incluso cuando no está presente.
«Antes, incumplir el paquete progresista podía convertirte en facha. Ahora, reconocer una desigualdad puede convertirte en woke.»
8) No es una simetría perfecta
Hablar de ciclo no significa afirmar que ambos momentos sean idénticos, que todas las acusaciones tengan el mismo peso o que izquierda y derecha hayan dispuesto siempre del mismo poder. Las caricaturas cambian según quién domina un espacio, qué instituciones respaldan su vocabulario y qué riesgos reales existen fuera de internet.
Tampoco significa que fascismo, racismo o machismo sean invenciones destinadas a censurar. Existen movimientos autoritarios, discriminaciones medibles y violencias concretas. Del mismo modo, existieron campañas progresistas dogmáticas, abusos del señalamiento público e ideas políticas mal diseñadas. Criticar la inflación de una palabra no borra el fenómeno que la palabra describe.
Precisamente ahí reside uno de los efectos más peligrosos del ciclo. Cuando la izquierda llama fascista a demasiada gente, facilita que el fascista real se presente como otra víctima de la exageración. Cuando la derecha llama woke a cualquier persona que menciona el racismo o el machismo, consigue que una denuncia fundamentada parezca una simple repetición del personaje caricaturizado.
9) El espejo de la respuesta
Las respuestas a El Xokas también corren el riesgo de cerrar el círculo. Ridiculizar su aspecto, su forma de comer o convertirlo inmediatamente en el representante de todos los hombres frustrados proporciona una satisfacción comprensible, pero reproduce la clasificación total que se pretende criticar. Él convierte a Expósito en «una de esas mujeres» y sus adversarios pueden convertirlo en «uno de esos hombres».
La crítica más precisa no necesita inventar su personalidad completa. Basta observar lo que hace en esa intervención: sustituye una idea por una identidad, mezcla el valor político de una mujer con su atractivo y atribuye a una persona un paquete ideológico que no ha argumentado. Señalar ese mecanismo es más útil que diagnosticar desde un vídeo toda su psicología.
10) Personas comunes convertidas en combatientes
Los grandes protagonistas de este proceso no son los militantes ni los políticos profesionales, sino las personas corrientes. Gente con prejuicios heredados, intuiciones razonables, contradicciones, desconocimiento y experiencias propias que aprende a ordenar el mundo mediante personajes prefabricados.
Una mujer que ha sufrido acoso puede interpretar cualquier objeción al feminismo como una amenaza. Un hombre que se sintió humillado por no conocer el nuevo código puede escuchar la palabra feminismo como una acusación personal. Un trabajador que vive inseguridad en su barrio puede confundir una política migratoria con todas las personas inmigrantes. Una activista puede interpretar su miedo como odio. Cada experiencia contiene algo real; la maquinaria polarizadora la convierte en una identidad cerrada.
Los algoritmos premian justamente esa transformación. El matiz exige tiempo y no produce una reacción inmediata. El arquetipo permite reconocer, indignarse y compartir. La caricatura circula mejor que la persona porque llega ya explicada.
La mujer de paja
Ester Expósito no es importante en este artículo por ser una portavoz excepcional de la izquierda ni porque su frase deba aceptarse sin discusión. Es importante porque la distancia entre lo que dijo y todo lo que se le atribuyó permite ver la fabricación del personaje casi en directo.
La mujer de paja es una feminista imaginaria construida con los fragmentos más irritantes de diez años de guerras culturales. Odia a los hombres, protege delincuentes, censura opiniones, llama fascista a todo el mundo y exige adhesión completa a un programa que nadie ha definido. Su función no es representar a una persona real, sino evitar que haya que escucharla.
Antes, el «facha» cumplió una función parecida. Reunía al reaccionario, al conservador, al torpe, al mal informado y al crítico legítimo dentro de un mismo enemigo moral. La diferencia decisiva no está en el mecanismo, sino en el momento histórico: qué caricatura posee más capacidad para ordenar la conversación y quién debe justificarse antes incluso de hablar.
El ciclo habrá cambiado de verdad cuando dejemos de preguntar qué personaje se esconde detrás de una palabra y volvamos a preguntar qué significa exactamente la frase que tenemos delante. Mientras tanto, no discutiremos con personas. Discutiremos con muñecos fabricados para que siempre podamos derrotarlos.
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