Avenue 5: cuando gobernar consiste en mantener el decorado
Avenue 5: cuando gobernar consiste en mantener el decorado
En Avenue 5, una nave de turismo espacial pierde el rumbo y queda condenada a prolongar durante años un viaje que debía durar unas semanas. El accidente importa, pero importa todavía más lo que deja al descubierto: el puente de mando es un decorado, el capitán es un actor y quienes saben hacer funcionar realmente la nave permanecen escondidos bajo cubierta.
La serie de Armando Iannucci construye así una sátira feroz sobre una sociedad que ha sustituido la capacidad por la imagen, la política por la comunicación y la ciudadanía por la experiencia de cliente. Su diagnóstico es preciso. La pregunta incómoda aparece después: ¿está criticando ese mundo o ha terminado aceptando que no existe nada fuera de él?
1) Una nave gobernada desde el decorado
El Avenue 5 no es solamente un crucero espacial: es una maqueta de la sociedad posindustrial. En las zonas visibles están el capitán Ryan Clark, los falsos oficiales, el empresario Herman Judd y todo el aparato de relaciones públicas. Son atractivos, reconocibles y tranquilizadores. Interpretan el funcionamiento de una nave que apenas comprenden.
Debajo se encuentran los verdaderos pilotos, ingenieros y técnicos. Son «lo feo» pero necesario: personas sin glamour, difíciles de vender y, en algunos casos, poco preparadas para desenvolverse socialmente. La empresa no los esconde porque sean irrelevantes, sino precisamente porque su existencia rompería la fantasía comercial. Mostrar las máquinas, el trabajo y los límites materiales estropearía la experiencia de lujo.
La broma tiene bastante filo. Una parte creciente de la economía contemporánea se presenta como una sucesión de interfaces limpias, marcas simpáticas y servicios instantáneos. El trabajo material queda al otro lado de la pantalla. Avenue 5 lleva esa separación al absurdo: incluso el puente desde el que supuestamente se gobierna la nave es un plató.
2) El capitán que debe aprender a representar el mando
Ryan Clark posee la apariencia del liderazgo sin los conocimientos necesarios para ejercerlo. Billie McEvoy, en cambio, es una de las pocas personas capaces de comprender la nave, pero carece de la imagen y de la autoridad pública que la compañía ha construido alrededor del capitán. Ella sabe, pero no puede hacerse obedecer. Él puede hacerse obedecer, pero no sabe.
La crisis los obliga a colaborar, pero no elimina la ficción. Clark no puede limitarse a confesar que es un actor y entregar el mando a los técnicos. La mentira se ha convertido en una institución: millones de decisiones, expectativas y relaciones de obediencia dependen de ella. Derribar el decorado de golpe podría producir más caos que mantenerlo.
Por eso el falso capitán termina tomando auténticas decisiones de capitán. No se convierte mágicamente en un experto; se convierte en el hombre obligado a sostener la narración que permite que los demás sigan comportándose como si existiera una autoridad. En Avenue 5, gobernar consiste muchas veces en conservar la representación del gobierno.
3) Karen Kelly: el populismo sin estrategia
Karen Kelly, la pasajera que acaba liderando a una parte de la tripulación, no es una conspiradora brillante ni una estratega al estilo de Juego de Tronos. Su poder procede de habilidades mucho más reconocibles: seguridad, desvergüenza, capacidad para detectar resentimientos y talento para producir el «zasca» adecuado en el momento oportuno.
Karen no necesita conocer el funcionamiento de la nave. Le basta con interpretar mejor que nadie el estado emocional inmediato de los pasajeros. Convierte el miedo en indignación, la incertidumbre en sospecha y cualquier explicación técnica en una maniobra de las élites. No conquista el poder demostrando su capacidad: consigue que la capacidad deje de ser el criterio relevante.
4) Los pasajeros no son ciudadanos: son clientes
La democracia que aparece en la nave tiene poco de deliberación colectiva. No existen instituciones estables, procedimientos aceptados ni una cultura compartida de responsabilidad. Existe una multitud de consumidores que ha comprado unas vacaciones y considera ilegítimo cualquier límite que contradiga lo prometido.
Los pasajeros no preguntan qué decisión permitirá sobrevivir a la comunidad, sino quién tiene la culpa de que su experiencia haya dejado de ser satisfactoria. Cuando la realidad se vuelve desagradable, reaccionan como si estuvieran ante un fallo de atención al cliente. El conocimiento técnico pasa a ser una opinión; la autoridad se mide por simpatía; una medida necesaria se interpreta como mal servicio.
La nave no dispone de un Estado. Dispone de relaciones públicas, encuestas, sistemas de entretenimiento y un escenario que imita un puente de mando. Cuando llega el desastre, ese aparato comercial debe improvisar una forma de gobierno con las únicas herramientas que conoce: marketing, reputación y control del relato.
Por eso quizá Avenue 5 no esté criticando exactamente la democracia, sino una sociedad que ya solo sabe imaginarla como mercado plebiscitario. Votar, protestar o elegir líder se convierten en extensiones de la opinión del consumidor. La voluntad popular no desaparece; queda reducida a una sucesión de reacciones sin memoria, instituciones ni obligación de afrontar las consecuencias.
5) Cuando la verdad pesa lo mismo que una ocurrencia
Una de las escenas más brutales de la primera temporada llega cuando varios pasajeros se convencen de que la nave es una simulación. Creen que el espacio, el accidente e incluso los cadáveres que observan son efectos especiales. Para demostrarlo, atraviesan la esclusa y mueren.
Es fácil leer la secuencia únicamente como una burla a la estupidez colectiva. Sin embargo, la serie ha mostrado previamente cómo la empresa y sus representantes mienten de manera sistemática. Durante años han convertido la realidad en espectáculo y la autoridad en puesta en escena. Cuando finalmente dicen la verdad —«si salís, moriréis»— sus palabras ya no poseen ninguna autoridad especial.
La teoría absurda y el conocimiento técnico aparecen ante los pasajeros como dos narraciones enfrentadas. Una exige aceptar una realidad terrible; la otra les permite sentirse inteligentes, rebeldes y protagonistas. Eligen la segunda. La población es responsable de esa elección, pero la estructura ha destruido antes los mecanismos que permitían distinguir entre conocimiento, propaganda y entretenimiento.
6) La incompetencia no es un accidente
Los pasajeros de Avenue 5 no son salvajes enfrentados de repente a la civilización. Son herederos de una sociedad de cuello blanco, personas acostumbradas a habitar sistemas cuyo funcionamiento material desconocen. Saben consumir servicios, presentar reclamaciones, cuidar su imagen y participar en conversaciones, pero no reparar aquello de lo que depende su supervivencia.
La serie no presenta siquiera el egoísmo racional de quien calcula fríamente cómo sobrevivir. Como ocurre a menudo en Fallout, predominan conductas impulsivas, narcisistas y autodestructivas. Nadie es Maquiavelo. Las intrigas son cutres porque sus protagonistas no quieren construir un orden nuevo: quieren imponerse en la discusión, preservar su comodidad o conseguir la aprobación inmediata del grupo.
Esa es quizá la acusación más dura de la serie. La incompetencia de la nave no procede de un simple error de selección. Es el resultado lógico de un sistema que premia la visibilidad, la confianza performativa y la capacidad de comunicación, mientras trata el conocimiento como una función subordinada que debe permanecer fuera de plano.
7) Una sátira con diagnóstico y sin horizonte
Avenue 5 ofrece, por tanto, algo más elaborado que el mensaje «la sociedad es hipócrita». Describe una sociedad en la que la representación ha sustituido a la realidad: el puente es un plató, el capitán es un actor, el empresario es una marca, la política es comunicación y una muerte observable puede reinterpretarse como efecto especial.
El problema aparece cuando buscamos una salida. La serie reconoce la existencia de personas competentes, pero las muestra aisladas, socialmente torpes y sin capacidad para convertirse en una fuerza política. Los dirigentes solo pueden conservar el orden prolongando la mentira. Los pasajeros responden a cada crisis con una nueva oleada de irracionalidad. Ningún aprendizaje colectivo parece durar.
Ahí es donde la sátira roza el nihilismo. No porque carezca de valores o porque no sepa qué está criticando, sino porque no parece creer que exista un sujeto capaz de reconstruir la confianza, reconocer la competencia y crear instituciones mejores. Cada revelación conduce a otra farsa; cada decisión razonable queda sepultada por una nueva batalla de egos.
Gobernar después del espectáculo
La gran pregunta de Avenue 5 no es quién debería ocupar el sillón del capitán. Es si una sociedad educada para confundir liderazgo con presencia, libertad con satisfacción e información con relato sería capaz de reconocer a un verdadero capitán aunque lo tuviera delante.
La serie posee un diagnóstico feroz: cuando una cultura convierte todo en imagen, consumo y comunicación, termina seleccionando dirigentes expertos en aparentar y escondiendo a quienes saben hacer funcionar las cosas. Su límite es igualmente revelador. Puede imaginar con enorme claridad el derrumbe del decorado, pero apenas logra imaginar qué podría construirse después.
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