El Abismo de Zarzas: Zerocalcare
Zerocalcare y el abismo de las zarzas: crecer sin que el mundo te haga peor
Póster reutilizable
Zerocalcare no cuenta que hacerse adulto sea vencer al monstruo. Cuenta algo más incómodo: que el bosque sigue ahí, que el barrio vuelve y que hay que cruzar las zarzas sin dejar que decidan por nosotros.
- Título original
- Due spicci · Strappare lungo i bordi · Questo mondo non mi renderà cattivo
- Año / país
- 2021–2026 · Italia
- Creación
- Zerocalcare
- Formato
- Miniseries · animación adulta
- Género
- Tragicomedia · memoria · barrio · política cotidiana
- Tipo
- Ensayo de series · lectura generacional
- Serie editorial
- La vida adulta es una ilusión
- Dónde encaja
- Para quien llegó tarde a la adultez y aun así tiene que actuar en ella
Hay una frase que queda rondando después de Zerocalcare: la vida adulta es una ilusión. Nadie nos explicó cómo funcionaba y, aun así, tenemos que actuar como si lleváramos años ensayándola. Trabajar, pagar, cuidar, decidir, no rompernos del todo. Todo con cara de persona que sabe dónde está el interruptor de la luz.
Por cuatro perras empuja esa intuición hacia una imagen más áspera: el abismo de las zarzas. Eso que está ahí, al borde de la senda, hecho de barrio, culpa, heridas, relaciones antiguas, referentes caídos y versiones de nosotros mismos que no terminan de irse. No se trata de quemarlo todo. Se trata de aprender a cruzarlo sin que nos engulla.
1) De qué estamos hablando
Netflix presenta Cortar por la línea de puntos como la historia de un dibujante romano que viaja con dos amigos mientras reflexiona sobre su vida, su amor posible y una conciencia con forma de armadillo. Este mundo no me hará mala persona desplaza el foco hacia el regreso de un viejo amigo al barrio y hacia la pregunta incómoda de qué significa ayudar cuando no hay solución limpia. Por cuatro perras, estrenada en 2026, junta a Zero y su panda para salvar a Jabalí de un lío con criminales, pero por debajo late otra cosa: gente adulta que apenas puede con su propia vida.
Ese es el terreno del artículo: no la ficha fría de tres series, sino el mapa emocional que construyen. Zerocalcare cuenta amistades, barrios, precariedad y política, pero sobre todo cuenta el momento en que descubres que la adultez no llega como una armadura. Llega como una función de teatro en la que te empujan al escenario sin haber leído el guion.
2) La adultez como ficción colectiva
La promesa era sencilla: estudia, trabaja, madura, encuentra tu sitio. Pero la vida adulta real no funciona como una pantalla de carga que termina cuando cumples treinta. Funciona más bien como un piso lleno de cables: haces una cosa, tropiezas con otra, llamas a alguien, finges que no pasa nada y mañana vuelves a intentarlo.
Zerocalcare acierta porque no convierte esa impotencia en pose estética. Sus personajes hablan deprisa, se contradicen, se justifican, se sienten culpables, llegan tarde y se ven obligados a decidir. No son adolescentes eternos por capricho. Son adultos con la maquinaria emocional hecha de piezas viejas, favores pendientes, miedo a fallar y una conciencia que no se calla ni cuando debería.
3) El abismo de las zarzas
En esa lectura, las zarzas no son simplemente “problemas”. Son lo que crece alrededor de todo lo que no miramos: una relación que terminó mal, un amigo que se perdió por el camino, una conversación pendiente, un barrio que cambia sin pedir permiso, una culpa convertida en sistema operativo. Están ahí aunque avances. Precisamente porque avanzas, tarde o temprano vuelves a rozarlas.
La trampa es confundir el contacto con una recaída. Volver a un lugar, a una persona o a una herida no significa necesariamente retroceder. A veces significa que la vida te obliga a pasar otra vez por el mismo cruce para comprobar si ahora sabes caminar de otra manera.
4) Barrio, clase y memoria: Rebibbia no es decorado
En Zerocalcare el barrio no es una postal costumbrista. Rebibbia funciona como archivo, tribunal y refugio. Es donde se guardan los códigos de amistad, los pactos juveniles, las vergüenzas de clase y la sensación de que marcharse nunca significa marcharse del todo. El barrio te explica, pero también puede encerrarte si lo conviertes en destino.
Por eso estas series dialogan tan bien con una mirada de La Guardilla. Cambia Roma por cualquier periferia del norte, cambia Rebibbia por un barrio obrero de Cantabria, cambia la panda por la gente que se quedó en la escena, en el curro, en el bar, en el local o en la memoria. La pregunta sigue siendo la misma: ¿qué hacemos con los lugares que nos hicieron cuando ya no sabemos vivir dentro de ellos?
5) Los referentes también se agrietan
Una de las ideas más dolorosas de Por cuatro perras es que crecer no solo rompe la imagen que teníamos de nosotros mismos. También rompe la imagen de quienes parecían saber vivir. El amigo mayor, el colega brillante, el tipo que parecía tener códigos claros, el referente que funcionaba como faro en mitad del descampado: todos acaban mostrando grietas.
Y ahí aparece una madurez más difícil que la independencia económica o la agenda de Google Calendar: aprender a desidealizar sin destruir. Descubrir que alguien era humano no significa que todo fuese mentira. Significa que aquella persona también estaba cruzando sus propias zarzas, con sus trampas, sus miedos y sus pequeñas miserias.
6) No convertirse en mala persona
Este mundo no me hará mala persona formula el dilema en voz alta: cómo sostener principios cuando el mundo empuja hacia el cinismo. Cómo querer a alguien sin justificarlo todo. Cómo reconocer el dolor de un amigo sin convertir su dolor en permiso para dañar. Cómo entender una caída sin romantizarla.
Esa es la diferencia entre memoria y coartada. La memoria permite saber de dónde vienes. La coartada convierte cada herida en excusa para no responder de lo que haces ahora. Zerocalcare no salva a sus personajes de la contradicción; los deja en el barro, obligados a elegir. Y esa elección, aunque sea mínima, es el único tipo de adultez que parece real.
7) La senda no es recta
La vida adulta se vendió como una línea: infancia, adolescencia, trabajo, pareja, casa, estabilidad, futuro. Zerocalcare la dibuja como una senda irregular. Avanzas, te desvías, vuelves, te encuentras con alguien que ya no es quien era, descubres que tú tampoco, y aun así toca seguir. No por épica. Por supervivencia cotidiana.
Ahí está la potencia de Por cuatro perras: no añade una tercera pieza para repetir la fórmula, sino para tensarla. Después de la culpa íntima de Cortar por la línea de puntos y del conflicto político de Este mundo no me hará mala persona, aparece una pregunta más seca: ¿qué pasa cuando la amistad, el barrio y los viejos códigos ya no bastan para protegerte de lo que eres?
Veredicto
Zerocalcare ha construido una trilogía sentimental sobre gente que intenta no hundirse mientras el mundo le pide madurez, coherencia y rendimiento. No hay victoria limpia. No hay adulto final desbloqueado. Hay una senda, un barrio, una panda, unas zarzas y la obligación de seguir caminando sin dejar que el pasado gobierne cada paso.
La conclusión no es cómoda, pero sí útil: madurar no es salir limpio del bosque. Es reconocer las ramas, aceptar los arañazos, ver caer a tus referentes y aun así negarte a que el miedo, la nostalgia o el resentimiento te conviertan en alguien peor.
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