¿Quién puede matar a un niño? El terror bajo el sol que todavía incomoda
¿Quién puede matar a un niño? El terror bajo el sol que todavía incomoda
Casas blancas, cielo azul, turistas buscando tranquilidad y niños que juegan. Todo parece seguro hasta que la película cambia el significado de cada cosa.
Hay películas que envejecen por sus efectos y otras que sobreviven gracias a la idea que esconden debajo. ¿Quién puede matar a un niño? pertenece a las segundas. La sangre parece témpera, algún golpe canta más de la cuenta y ciertos planos anticipan el terror popular de los años ochenta. Sin embargo, medio siglo después continúa pareciendo una obra peligrosamente moderna.
Narciso «Chicho» Ibáñez Serrador coloca a una pareja de turistas en una isla mediterránea casi vacía y convierte la luz, las vacaciones y la infancia en fuentes de inquietud. Esta primera parte analiza su atmósfera y sus ideas sin revelar las escenas decisivas. Los destripes quedan separados más adelante por un aviso grande y explícito.
1) Turistas buscando un lugar «auténtico»
La película tarda en llegar a la isla porque necesita construir primero una mirada. Tom y Evelyn no investigan un crimen ni huyen de una amenaza: están de vacaciones. La costa está llena de gente, ruido y fiestas; ellos quieren algo más tranquilo, apartado y supuestamente verdadero. Almanzora aparece como el sueño del visitante que desea escapar de otros turistas sin dejar de comportarse como turista.
Esa apertura puede leerse hoy como una crítica muy fina a la turistificación. Los pueblos se contemplan como escenarios preparados para el descanso del visitante; la población local se convierte en servicio, decoración o molestia. Cuando la isla deja de responder a esas expectativas, los protagonistas tardan demasiado en aceptar que el lugar no existe para recibirlos.
2) Terror solar antes de que tuviera nombre
Chicho elimina casi todos los refugios visuales del terror clásico: no hay castillo, niebla, tormenta ni noche protectora. La fotografía de José Luis Alcaine trabaja con paredes encaladas, cielos limpios, plazas abiertas y un sol que aplasta. La claridad no ofrece seguridad; al contrario, vuelve incomprensible que algo terrible pueda suceder allí.
Hoy asociamos el horror a plena luz con títulos como Midsommar, pero la inversión ya estaba formulada aquí en 1976. La cámara no necesita esconder una criatura en la oscuridad. Basta con mantener intacta la apariencia de una postal mediterránea mientras la normalidad comienza a fallar.
En esto se aproxima a Tiburón, estrenada un año antes. En la película de Spielberg, la economía turística obliga a negar el peligro para no cerrar las playas. Aquí la negación está en la mirada de los visitantes: hace sol, el pueblo es blanco y el mar permanece en calma; por tanto, su experiencia vacacional insiste en decirles que nada verdaderamente monstruoso puede estar ocurriendo.
3) Una película pequeña con una idea enorme
Técnicamente no todo ha envejecido igual. Algunos efectos son modestos, el doblaje crea cierta distancia y la sangre tiene una textura casi artesanal. Pero la película comprende algo que sigue escapándosele a mucho cine contemporáneo: el impacto no depende de aumentar la cantidad de vísceras, sino de colocar al espectador ante una situación que no admite una respuesta moral limpia.
También resulta moderna por su negativa a explicar demasiado. No entrega un manual sobre el origen de la amenaza ni establece reglas cómodas. La incertidumbre permite que la película funcione a la vez como relato fantástico, infección, pesadilla colectiva y alegoría sobre la violencia ejercida por los adultos.
La primera parte termina aquí
Hasta aquí, la reseña sin spoilers. Al continuar aparecerá primero un aviso claro y después el análisis de las escenas decisivas.
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