Del 8M al backlash: por qué el feminismo perdió parte de su crédito
Del 8M al backlash: por qué el feminismo perdió parte de su crédito
En 2018 declararse feminista parecía, para una parte creciente de la sociedad española, casi la consecuencia lógica de defender la igualdad. El 8M, la reacción a la primera sentencia de La Manada y campañas como #Cuéntalo dieron al movimiento una capacidad de movilización y de legitimidad pública difícil de imaginar pocos años antes. En 2026 el paisaje es distinto: la igualdad sigue teniendo un apoyo social muy amplio, pero la etiqueta «feminismo» genera bastante más distancia, especialmente entre los hombres jóvenes.
La explicación fácil sería decir que España se ha vuelto más machista. La explicación contraria sería afirmar que el feminismo simplemente «se pasó de rosca». Ninguna de las dos basta. El cambio parece más interesante: una parte de la sociedad mantiene valores igualitarios mientras desconfía del movimiento que durante unos años consiguió representarlos. Entender ese divorcio exige mirar el éxito del feminismo, sus errores, sus enemigos y también aquello que dejó materialmente sin transformar.
1) 2018: cuando el feminismo parecía convertirse en sentido común
El ciclo de 2018 fue extraordinario. El 8M desbordó las organizaciones tradicionales; la sentencia de La Manada convirtió el consentimiento y la violencia sexual en conversación nacional; y Cristina Fallarás lanzó #Cuéntalo, que permitió que miles de mujeres narrasen experiencias de acoso, abuso y violencia que hasta entonces habían permanecido fragmentadas en el ámbito privado.
El éxito no consistió únicamente en aprobar leyes. Cambió el lenguaje cotidiano. Conceptos como consentimiento, carga mental, corresponsabilidad, violencia sexual o cuidados entraron en conversaciones familiares, laborales y educativas. El feminismo dejó de ser una subcultura política reconocible y pasó a ocupar una posición central dentro de instituciones, medios, empresas y administraciones.
2) Del movimiento a la institución
Ese triunfo contenía una contradicción. Un movimiento que se había presentado como impugnación del poder comenzó a identificarse también con ministerios, campañas públicas, protocolos, subvenciones, legislación y discursos corporativos. Era inevitable: si una reivindicación gana, termina entrando en las instituciones. Pero institucionalizarse tiene un precio. Quien rechaza al Gobierno, a la administración o al lenguaje oficial puede terminar rechazando también la etiqueta asociada a ellos.
Los datos muestran precisamente ese deterioro de la identificación. El Barómetro Juventud y Género 2025 sitúa en el 38,4% a los jóvenes que se consideran feministas. En 2017 eran el 34,6%; en 2021 se alcanzó un máximo del 49,9%; en 2023 había bajado al 42%. Al mismo tiempo, el 77,4% sigue considerando fundamental la igualdad de derechos y responsabilidades dentro de la pareja. La caída de la marca es, por tanto, mucho mayor que la caída del ideal igualitario.
También aparece una percepción de agravio masculino que no puede despacharse simplemente como propaganda. En 2024, el CIS registró que el 44,1% de los hombres creía que la promoción de la igualdad había llegado tan lejos que ahora discriminaba a los hombres. Que esa percepción describa correctamente cada política concreta es discutible; que existe y condiciona el comportamiento político es un hecho que cualquier movimiento que aspire a convencer debería tomarse en serio.
3) Errores, redes y el «método Fallarás»
A esa institucionalización se sumaron errores políticos de enorme rendimiento simbólico para el antifeminismo. La aplicación inicial de la ley del «solo sí es sí» y las revisiones de condenas ofrecieron una imagen devastadora, aunque la historia jurídica fuese bastante más compleja que el eslogan. En paralelo, las redes sociales premiaron las versiones más agresivas de ambos bandos: el clip de una feminista diciendo una barbaridad y el vídeo de un creador de la manosfera respondiendo con otra barbaridad funcionan mejor que una discusión sobre dependencia, horarios laborales o permisos parentales.
En ese clima, Cristina Fallarás volvió a convertirse en símbolo, esta vez de signo contrario al de 2018. En octubre de 2024 publicó un testimonio anónimo sobre violencia machista atribuida a un político; la conversación pública terminó vinculándolo con Íñigo Errejón, que dimitió posteriormente. La discusión dejó de centrarse únicamente en el contenido de las acusaciones y pasó al procedimiento: ¿qué legitimidad tiene publicar testimonios anónimos sin las reglas de contraste del periodismo o las garantías de un proceso judicial?
Ahí apareció lo que sus críticos denominaron «método Fallarás». Para sus defensores, daba voz a mujeres que nunca acudirían a un juzgado. Para sus detractores, convertía el testimonio en una forma de sanción pública difícil de someter a contradicción. Fallarás no creó el backlash: la identificación feminista ya descendía desde 2021. Pero el episodio condensó una sospecha que llevaba tiempo creciendo, también dentro del propio feminismo: que «escuchar a la víctima» podía deslizarse, en algunos espacios, hacia «la acusación basta».
4) La paradoja material: mucho discurso, problemas muy resistentes
Aquí aparece una crítica distinta, y en parte más incómoda para el propio feminismo: la crítica materialista. Después de años de una presencia cultural extraordinaria, varias desigualdades centrales siguen siendo obstinadamente materiales. En 2023 la ganancia media anual de las mujeres fue de 25.591 euros y la de los hombres de 30.372, según el INE. Esa diferencia no equivale a decir que una mujer cobre automáticamente menos que un hombre por hacer exactamente el mismo trabajo: intervienen jornada, ocupación, sector, antigüedad y trayectoria laboral. Precisamente por eso el problema es estructuralmente más difícil que un eslogan.
El reparto de los cuidados lo muestra todavía mejor. En 2024 trabajaban a tiempo parcial para cuidar a personas dependientes 381.700 mujeres frente a 35.700 hombres, según la EPA. El dato obliga a salir de la guerra cultural: si alguien tiene que reducir jornada para cuidar a un hijo, a un padre o a una persona dependiente y ese alguien continúa siendo casi siempre una mujer, la desigualdad reaparece aunque todo el mundo utilice un lenguaje impecablemente igualitario.
Es en este punto donde una lectura marxista o materialista acierta en algo importante, aunque no explique todo el fenómeno. Cambiar símbolos sin alterar suficientemente la distribución del tiempo, el salario, el trabajo reproductivo y los servicios públicos puede producir una sociedad discursivamente muy feminista y materialmente bastante menos transformada. Una institución puede colocar un cartel sobre corresponsabilidad con mucha más facilidad que financiar suficientes servicios de dependencia, reforzar recursos de acogida o reorganizar horarios laborales para que cuidar deje de penalizar una carrera profesional.
5) «Masculinizar» los cuidados y pagar lo que una sociedad dice valorar
Una agenda material podría expresarse de forma menos espectacular y bastante más concreta: masculinizar los cuidados. No significa expulsar a las mujeres de ellos, sino convertir en normal que un hombre reduzca jornada por sus hijos, acompañe a su padre al médico, limpie, organice la casa o asuma una excedencia sin que la familia lo considere un ayudante excepcional.
La otra mitad de esa operación consiste en revalorizar trabajos socialmente imprescindibles y muy feminizados: dependencia, ayuda domiciliaria, limpieza, educación infantil, cuidados de larga duración o determinadas profesiones sanitarias. Si una sociedad declara que cuidar es estratégico pero remunera y organiza mal el cuidado, la contradicción no se resuelve con representación simbólica. Se resuelve con salarios, plantillas, servicios y tiempo.
Lo mismo ocurre con la violencia machista. Las campañas de sensibilización son útiles, pero una política feminista se juega buena parte de su credibilidad en infraestructuras menos visibles: casas de acogida suficientes, atención psicológica, apoyo jurídico, alternativas habitacionales, protección para mujeres con hijos y mecanismos que permitan salir materialmente de una relación violenta. El discurso puede abrir la puerta; los recursos determinan si hay algún lugar al que salir.
6) El agujero masculino de la teoría popular
Hay además una cuestión que el feminismo académico sí ha trabajado, pero que llegó mucho peor a su versión popular: el patriarcado no sólo distribuye privilegios; también asigna obligaciones, riesgos y castigos distintos a los hombres. La masculinidad tradicional exige producir, competir, proveer, asumir riesgo, controlar el miedo y reducir la vulnerabilidad pública. Nada de esto convierte a los hombres en «el sexo oprimido». Significa que una teoría seria del género debería ser capaz de estudiar también el coste masculino de las normas masculinas.
Los datos permiten hacer esa pregunta sin convertirla en una competición de víctimas. En 2024 murieron por suicidio 2.902 hombres y 1.051 mujeres, según el INE. No puede afirmarse que el patriarcado «cause» esas muertes: intervienen salud mental, edad, aislamiento, adicciones, rupturas, desempleo y muchos otros factores. Pero sí es legítimo investigar cuánto pesan normas como no pedir ayuda, aguantar solo o vincular el valor personal al éxito económico y sexual.
El mercado laboral ofrece otro espejo. De los 679 accidentes laborales mortales ocurridos durante la jornada en 2024, 638 correspondieron a varones y 41 a mujeres, según el Ministerio de Trabajo. La división sexual del trabajo no sólo coloca a las mujeres de forma desproporcionada en el trabajo de cuidados: también coloca a los hombres de forma desproporcionada en construcción, transporte, industria pesada, pesca, minería y otros empleos físicamente peligrosos.
7) El terreno que la manosfera recibió gratis
La versión popular del feminismo ha hablado mucho al hombre como beneficiario de privilegios, agresor potencial o sujeto que debe «deconstruirse», y bastante menos como persona atravesada también por expectativas de género. Eso dejó un espacio político enorme. Cuando un chico joven habla de soledad, fracaso escolar, vulnerabilidad, dificultad para formar pareja, presión económica o miedo a no estar a la altura, buena parte de quienes le responden en internet proceden de la manosfera.
El mecanismo es eficaz porque empieza reconociendo un dolor real y termina ofreciéndole una explicación total: «la culpa es del feminismo» o «la culpa es de las mujeres». Un feminismo capaz de hablar también de la experiencia masculina podría romper esa operación sin renunciar a una sola denuncia sobre violencia, discriminación o desigualdad femenina. Podría responder: tus problemas son reales; algunos también tienen género; estudiarlos no exige convertir a las mujeres en culpables.
Cierre: quizá el futuro esté menos en la etiqueta y más en el programa
El backlash no demuestra que la igualdad haya fracasado. De hecho, una de sus paradojas es que muchos jóvenes que rechazan identificarse como feministas mantienen posiciones que hace unas décadas habrían formado parte del programa feminista: corresponsabilidad doméstica, igualdad jurídica, autonomía femenina o rechazo de la violencia machista. Lo que se ha deteriorado es la capacidad de una etiqueta para representar sin fricción todo ese espacio político.
Si el feminismo quiere recuperar parte de esa legitimidad, quizá necesite menos obsesión por ganar cada batalla discursiva y más capacidad para traducir su teoría en condiciones materiales: tiempo, salarios, vivienda, dependencia, protección, conciliación y servicios. Y, al mismo tiempo, una teoría pública del género que sea capaz de decir dos cosas a la vez: que las mujeres siguen soportando desigualdades específicas y que los hombres también pagan costes por cumplir el papel que históricamente se les asignó.
Eso no sería abandonar el feminismo. Sería volver a una de sus intuiciones más fértiles: que lo que parece privado —quién cuida, quién provee, quién calla, quién teme, quién arriesga el cuerpo, quién puede marcharse de casa— también es político. La diferencia es que esa pregunta tendría que formularse ya en las dos direcciones.
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