Apología de la despatologización: la ficción del individuo normal
Apología de la despatologización: la ficción del individuo normal
¿Qué significa ser una persona normal? La pregunta parece sencilla hasta que intentamos responderla. Trabajar, independizarse, mantener una relación estable, administrar responsabilidades, conservar el equilibrio emocional y superar las adversidades: de la suma de estos requisitos emerge una figura casi impecable. Un ser humano autónomo, coherente, productivo y, ante todo, funcional.
Pero esa figura se parece cada vez menos a una persona concreta y cada vez más a una forma platónica de la normalidad: un ideal abstracto frente al que juzgamos vidas reales, necesariamente contradictorias. ¿Qué ocurre cuando alguien no consigue habitar ese modelo? ¿Lo consideramos una excepción humana comprensible o empezamos a buscarle un nombre clínico?
1. La forma platónica del individuo normal
En la teoría de las Formas de Platón, las realidades sensibles son imperfectas y cambiantes, mientras que las Formas constituyen modelos inteligibles. La comparación con la normalidad contemporánea es una metáfora, no una atribución literal al filósofo: hemos construido un retrato ideal de la vida adulta y actuamos como si su cumplimiento fuese el estado natural de cualquier ser humano.
Ese retrato tiene varias caras: la pareja duradera, la familia sin fracturas, la independencia económica, el empleo que organiza los días, una identidad personal estable y una relación razonablemente pacífica con las propias emociones. Nadie necesita firmar ese contrato para percibir su fuerza. Está en las conversaciones familiares, en las biografías ejemplares, en la publicidad, en los discursos sobre éxito y hasta en determinadas expectativas acerca de la salud.
El problema no es aspirar a una vida estable. Muchas de esas aspiraciones pueden ser legítimas y valiosas. El problema es confundir el modelo con la realidad, y convertir la distancia entre ambos en una prueba de insuficiencia individual. Una cosa es que deseemos construir vínculos duraderos; otra muy distinta, que quien atraviesa una ruptura sea juzgado como incapaz de relacionarse. Una cosa es promover la autonomía; otra, interpretar toda dependencia como fracaso.
2. En todas las casas cuecen habas
Basta mirar la vida cotidiana sin la escenografía de sus modelos para advertir lo frágil que es la frontera entre estabilidad y crisis. Hay hogares afectuosos atravesados por conflictos, parejas que sostienen dependencias difíciles, personas productivas que viven con una profunda insatisfacción e individuos alejados de las expectativas convencionales que encuentran sentido en su propia existencia.
Reconocer esa complejidad no equivale a afirmar que todas las situaciones sean idénticas ni que no existan sufrimientos graves. Simplemente impide que confundamos una apariencia social de funcionamiento con una medida universal de bienestar psicológico.
La sabiduría popular lo condensa con menos solemnidad: «En todas las casas cuecen habas». Las contradicciones no son una anomalía que afecte únicamente a un grupo de individuos defectuosos. Forman parte, con distinta intensidad, de la experiencia humana. Si así es, ¿por qué insistimos en compararla con un ideal que casi nunca vemos de cerca?
3. De la diferencia al catálogo diagnóstico
El lenguaje psicológico se ha incorporado a la conversación ordinaria. Inseguridad, dependencia, impulsividad, perfeccionismo, tristeza, rigidez, dificultad para socializar: muchos rasgos y experiencias disponen de una posible traducción clínica. A veces esa traducción está justificada; otras, circula como una etiqueta apresurada que sustituye a la explicación.
La distinción importa. Un diagnóstico riguroso no se establece porque alguien sea raro, tenga un carácter complicado o no responda a las expectativas de su entorno. Requiere una evaluación clínica y criterios que tienen en cuenta la persistencia, el sufrimiento, el deterioro y el contexto. Pero el lenguaje cotidiano puede vaciar esa complejidad hasta transformar el diagnóstico en una descripción total del individuo.
En La psiquiatrización de la conducta: una crítica posicionada, La Guardilla abordó esa circulación de etiquetas, su vínculo con las identidades digitales y el peligro de convertir cualquier malestar en una explicación exclusivamente individual. La cuestión que ahora interesa desplazar es otra: ¿qué idea de normalidad da sentido a nuestras clasificaciones?
4. «Trastorno de personalidad». ¿De qué personalidad?
La expresión resulta especialmente delicada porque apunta a algo que entendemos como constitutivo de nosotros mismos. No parece describir únicamente un episodio o una dificultad: puede escucharse como si la manera entera de ser una persona fuera el problema.
Los trastornos de personalidad existen como categorías clínicas y pueden corresponder a patrones persistentes de dificultades graves en la relación con uno mismo y con los demás. Negarlo sería irresponsable. Pero tampoco es responsable emplear su nombre como explicación de cualquier conducta inconveniente, diferencia temperamental o biografía que no sigue un guion social.
El riesgo aparece cuando el diagnóstico deja de ser una herramienta limitada para comprender y atender ciertas dificultades y pasa a ser una identidad totalizadora. Una historia humana puede quedar comprimida en unas pocas letras, mientras desaparecen las relaciones, los aprendizajes, el trabajo, el entorno y las circunstancias que también ayudan a explicarla.
5. Foucault: quién dibuja la frontera
Michel Foucault analizó cómo las instituciones modernas producen saberes, categorías y procedimientos para observar y normalizar a los individuos. Su crítica no consiste simplemente en afirmar que todo diagnóstico sea falso, sino en obligarnos a examinar las relaciones entre conocimiento, poder y aquello que cada época considera normal.
La frontera entre lo aceptable y lo desviado no la trazan únicamente los hospitales. También intervienen la escuela, el mercado laboral, las familias, las instituciones administrativas y los modelos culturales de éxito. Se nos permite ser diferentes, siempre que esa diferencia siga siendo compatible con una forma reconocible de funcionar.
Es la misma tensión que atraviesa otra reflexión publicada en La Guardilla, Sensibilidad, utilidad y capitalismo: la muerte de la intensidad: ¿cuándo pasa una cualidad humana —como sentir intensamente— a convertirse en una molestia para un entorno que premia su contención?
6. La atomización social y la pérdida de comunidad
Hay una transformación colectiva que no deberíamos dejar fuera de esta discusión: el debilitamiento o la reconfiguración de redes comunitarias que, con todas sus contradicciones, ofrecían pertenencia y apoyo. El pueblo, el vecindario, las asociaciones y la familia extensa podían proporcionar cuidados cotidianos sin que cada necesidad tuviera que tramitarse por una institución especializada.
No conviene idealizar el pasado. Aquellas estructuras también podían ser autoritarias, jerárquicas, excluyentes y violentas. Su debilitamiento ha ido acompañado de libertades reales, especialmente para quienes antes estaban obligados a permanecer en vínculos opresivos. Pero su transformación plantea una pregunta legítima: ¿qué ocurre cuando la autonomía individual aumenta más deprisa que las redes capaces de sostenerla?
Las instituciones públicas han asumido una parte de las funciones de cuidado que en otros momentos recaían en la familia o la comunidad. Es un avance necesario cuando amplía derechos y evita dependencias abusivas. Sin embargo, la atención profesional no puede reemplazar por sí sola la amistad, la reciprocidad, la pertenencia o el sentimiento de tener un lugar en el mundo.
En ¿Por qué nos gustan tanto los psicópatas? Porque odiamos a Piaget y Vygotsky, La Guardilla ya cuestionó el individualismo competitivo y recuperó la dimensión cooperativa del aprendizaje y la vida social. Desde otro ángulo, reaparece aquí la misma preocupación: la persona no existe al margen de las relaciones que la hacen posible.
7. El escenario de la vida funcional
Erving Goffman estudió cómo las personas presentamos una imagen de nosotros mismos en la interacción cotidiana. El trabajador responsable, la pareja ejemplar, el adulto independiente o la persona equilibrada son papeles socialmente reconocibles. No son necesariamente mentiras: son representaciones parciales de vidas mucho más extensas.
Alguien puede cumplir perfectamente las expectativas exteriores y sufrir de manera intensa. Otra persona puede vivir fuera del itinerario habitual sin experimentar ese mismo sufrimiento. Por eso la funcionalidad social es una información relevante en determinados contextos clínicos, pero no equivale por sí misma al sentido de una vida ni a su calidad emocional.
Georges Canguilhem, en Lo normal y lo patológico, ayuda a formular el problema desde otro lugar: la salud no puede confundirse sin más con la obediencia a una media o con la repetición de un comportamiento mayoritario. Importa también la relación entre el ser humano y el medio en el que intenta vivir. La misma característica puede resultar sostenible en unas condiciones y convertirse en fuente de grandes dificultades en otras.
8. Despatologizar no significa dejar de cuidar
Esta crítica perdería su sentido si desembocara en la negación de la enfermedad mental. Existen sufrimientos persistentes e incapacitantes que requieren atención clínica, psicoterapia, medicamentos y, en determinadas circunstancias, cuidados hospitalarios. El hecho de que los factores sociales influyan no vuelve irreales esos problemas ni elimina la utilidad de los tratamientos.
La propia Organización Mundial de la Salud ha defendido una atención en salud mental más atenta a los determinantes sociales, los derechos y las condiciones de vida, sin plantear que el cuidado sanitario deba desaparecer. Y un estudio sociológico publicado en 2026 en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría analiza precisamente cómo distintos profesionales entienden la patologización del malestar.
La despatologización sensata no consiste en rechazar cualquier etiqueta ni en prohibir que alguien encuentre alivio en un diagnóstico. Consiste en impedir que la clasificación sustituya a la biografía, que el tratamiento oculte las condiciones materiales y que la diferencia se convierta automáticamente en enfermedad.
9. ¿Y si también examináramos el molde?
En nuestra época conviven dos discursos aparentemente incompatibles. Uno celebra la diversidad, la diferencia y la libertad de ser uno mismo. El otro sigue exigiendo estabilidad, independencia, productividad, autoestima correcta y vínculos afectivos ajustados a una idea relativamente rígida de madurez.
La contradicción se vuelve especialmente visible cuando alguien no consigue responder a todas esas exigencias. Entonces dirigimos la atención hacia sus déficits, sus rasgos, sus conductas y sus posibles diagnósticos. Preguntamos qué le ocurre al individuo, pero a menudo nos cuesta interrogar las condiciones en las que se espera que funcione.
Tal vez una sociedad verdaderamente comprometida con la salud mental deba aprender a distinguir entre la necesidad de cuidar a quien sufre y la tentación de corregir a quien simplemente no encaja. No se trata de abolir las categorías clínicas, sino de devolverlas a sus límites. No se trata de idealizar la comunidad perdida, sino de construir apoyos que no reduzcan toda relación humana a una prestación.
Y, sobre todo, no se trata de renunciar a los ideales, sino de dejar de castigarnos por no vivir permanentemente dentro de ellos. Porque antes de preguntarnos qué falla en quienes no encajan, deberíamos preguntarnos quién ha construido el molde, qué condiciones exige para habitarlo y si alguna vez ha existido realmente alguien capaz de ocuparlo por completo.
Desde el archivo de La Guardilla
Esta editorial continúa una conversación abierta en tres artículos anteriores, cada uno desde un ángulo distinto:
• La psiquiatrización de la conducta: una crítica posicionada — diagnóstico, medicalización y construcción de identidades.
• Sensibilidad, utilidad y capitalismo: la muerte de la intensidad — la exigencia de adaptación emocional en la vida contemporánea.
• ¿Por qué nos gustan tanto los psicópatas? Porque odiamos a Piaget y Vygotsky — competencia, modelos sociales y alternativas cooperativas.
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