La fetichización de la violencia: ¿por qué miramos así a Francia?

La Guardilla Editorial
La Guardilla Editorial
Archivo, cultura y mirada local
Medio independiente - Cantabria
La Guardilla / Editorial / política - Francia - movimientos sociales

La fetichización de la violencia: ¿por qué miramos así a Francia?

La barricada como promesa, la revuelta como espectáculo y una izquierda que parece imaginar mejor el derrumbe que el día después.
Análisis y opinión · La Guardilla Editorial
25 de octubre de 2026 · Política y movimientos sociales
La Guardilla Editorial. Análisis social, cultura política y pensamiento crítico desde Cantabria.
Archivo

Hay algo extrañamente reconfortante en contemplar Francia ardiendo desde la distancia. La barricada, el humo, los antidisturbios, la calle recuperada por una multitud: todo parece anunciar que, por fin, algo está ocurriendo. Pero ¿qué estamos viendo exactamente cuando miramos esas imágenes? ¿Una revolución, una revuelta, una protesta social, una demostración de fuerza o el síntoma de una impotencia política que preferimos no reconocer?

Tal vez una parte de la izquierda se haya acostumbrado tanto a esperar el gran acontecimiento que ha dejado de preguntarse por sus objetivos. Hemos aprendido a celebrar el estallido, pero no siempre sabemos qué hacer con sus consecuencias. Francia nos ofrece un espejo incómodo: no porque carezca de demandas o de organizaciones, sino porque el espectáculo de la violencia puede acabar ocultando precisamente aquello que hizo salir a la gente a la calle.

1) Nos enamoramos de la imagen, no del proceso

Francia vuelve a arder y, a este lado de los Pirineos, parece activarse un reflejo condicionado. Circulan los vídeos de las barricadas, los contenedores en llamas, las cargas policiales y las avenidas convertidas en escenarios de enfrentamiento. Una parte de la izquierda contempla esas imágenes con una mezcla de entusiasmo, nostalgia y envidia. París se transforma otra vez en el decorado de una revolución que nos gustaría estar viviendo. Y, sin embargo, la primera pregunta que deberíamos hacernos no es cuántos adoquines han volado, sino qué se está intentando conseguir y quién tiene capacidad para conseguirlo.

El 17 de octubre de 2026 hubo en Francia una jornada de movilización atravesada por la violencia, los incendios y los saqueos. También hubo cientos de miles de personas manifestándose por el encarecimiento de la vida, los salarios, la educación y el deterioro de los servicios públicos. No es lo mismo una reivindicación estudiantil que un escaparate destrozado, ni puede explicarse toda una movilización a partir de sus imágenes más espectaculares. De hecho, la oleada había comenzado semanas antes con protestas de estudiantes de secundaria por las condiciones de sus centros.

El 24 de octubre volvieron a manifestarse alrededor de 410.000 personas, según el Ministerio del Interior francés. Los sindicatos y distintos colectivos continúan organizándose. Este dato importa: no estamos ante una sociedad incapaz de expresar demandas ni ante una masa uniformemente entregada al caos. Lo que está en discusión es si ese descontento puede convertirse en poder social, negociación, conquistas y una dirección política compartida.

«Una calle en llamas puede expresar una crisis. No demuestra, por sí misma, que exista una alternativa.»

2) El espectáculo tiene tres espectadores

La fascinación por la violencia no pertenece únicamente a quienes la celebran. Se alimenta de una extraña convergencia entre tres miradas. Para ciertos sectores militantes, la barricada confirma que el espíritu revolucionario continúa vivo. Para buena parte del ecosistema mediático, ofrece un relato visual inmediato, sencillo y rentable: humo, tensión, cristales rotos. Para el poder político, la violencia puede desplazar la conversación desde los motivos de la protesta hacia la necesidad de recuperar el orden.

La operación es devastadora para cualquier movimiento que no disponga de fuerza suficiente para imponer su propio relato. Se empieza hablando de aulas masificadas, pérdida de poder adquisitivo y servicios públicos; se termina hablando casi exclusivamente de policías heridos, comercios atacados y prohibiciones de manifestarse. Los agravios iniciales no desaparecen. Simplemente dejan de ocupar el centro de la conversación.

Esto no significa que el Estado sea inocente o que toda forma de confrontación carezca de lógica política. La violencia policial, la represión y las condiciones sociales que llevan a una revuelta también deben examinarse. Tampoco significa que la protesta pacífica obtenga automáticamente resultados. Significa algo más incómodo: la intensidad de un enfrentamiento no mide la capacidad de un movimiento para transformar sus causas.

Tras los sucesos del 17 de octubre, Emmanuel Macron anunció una línea muy restrictiva frente a nuevas manifestaciones, y varias prefecturas dictaron prohibiciones concretas. El Consejo de Estado aclaró el 23 de octubre que las declaraciones presidenciales no equivalían, por sí solas, a una prohibición general: cada prefecto debía valorar individualmente los riesgos y respetar el principio de proporcionalidad. La precisión jurídica es importante, pero el desplazamiento político ya se había producido: el orden público competía con las reivindicaciones sociales por la atención del país.

Una encuesta de Ipsos publicada el 24 de octubre señalaba que el 81 % de los consultados responsabilizaba al Gobierno de la situación, mientras que un 55 % creía que La Francia Insumisa había contribuido a aumentar las tensiones. Son percepciones simultáneas, no votos transferidos automáticamente a Marine Le Pen. Precisamente por eso conviene evitar triunfalismos: el rechazo al Gobierno no equivale a una victoria de la izquierda.

3) Una religión del acontecimiento

Hay algo casi religioso en esta forma de observar las revueltas. Se espera la gran ruptura como se espera una revelación. Algo ocurrirá. Algún día el malestar rebasará los cauces existentes. La historia se pondrá en marcha y las contradicciones del presente se resolverán en el incendio del viejo mundo. Mientras tanto, peregrinamos entre símbolos, efemérides, consignas y fotografías que nos permiten reconocer a los nuestros.

La comparación con el cristianismo no sirve para ridiculizar la fe, ni para sugerir que toda tradición revolucionaria sea mística. Sirve para señalar un mecanismo: la promesa del acontecimiento futuro puede sustituir a la responsabilidad de actuar en el presente. Cuando la revolución aparece como una fuerza que tarde o temprano llegará, los fracasos nunca refutan la expectativa. Solo la aplazan.

La melancolía ofrece, además, una identidad cómoda. Podemos sentirnos herederos de 1848, de la Comuna de París o de Mayo del 68 sin resolver las contradicciones de organizar una mayoría social en 2026. Es mucho más fácil reconocerse en una fotografía de una barricada que discutir durante meses un programa de vivienda, un modelo de financiación municipal o una estrategia sindical. La primera produce pertenencia inmediata; los segundos exigen trabajo, desacuerdos, concesiones y plazos.

Es ahí donde aparece una especie de nihilismo político: se conserva intacta la potencia de decir «no», pero se debilita la capacidad de construir un «sí» verificable. No hablamos necesariamente de quienes salen a la calle, que pueden tener demandas muy precisas. Hablamos de quienes consumen esa revuelta desde una cultura política que parece más interesada en la estética de la ruptura que en sus condiciones de posibilidad.

«Soñamos con bombas y planos, pero nos cuesta imaginar instituciones, mayorías, presupuestos y el día siguiente.»

4) Los tratadistas revolucionarios no pensaban así

La ironía es que esta liturgia espontaneísta se parece poco a buena parte de los autores que invoca. Marx y Engels insistieron en comprender las relaciones materiales y los conflictos de clase, no solo el entusiasmo del momento. Lenin colocó la organización, la estrategia y la relación entre partido y masas en el centro del problema revolucionario. Rosa Luxemburgo concedió enorme importancia a la acción espontánea de los trabajadores, pero no la confundió con una renuncia a pensar sus formas de organización. Y Gramsci explicó por qué, en sociedades dotadas de instituciones civiles densas, no basta con tomar una posición de poder: hay que construir hegemonía, vínculos, cultura e instituciones capaces de sostener un cambio.

Incluso el caso de Auguste Blanqui, tantas veces convertido en sinónimo de insurrección aventurera, merece una precisión. El blanquismo no era «espontaneidad por la espontaneidad»: apostaba por la acción de una minoría conspirativa y disciplinada que pudiera conquistar el poder. Podemos cuestionar profundamente su relación con las masas y sus insuficiencias sobre la sociedad posterior, pero no presentarlo como una simple apología de la gente cabreada tomando la calle sin organización.

Estos autores no forman una familia armoniosa; discreparon sobre cuestiones esenciales y algunos modelos produjeron enormes tragedias. Lo relevante aquí es otra cosa: tomaban en serio el problema del poder, de los medios y de las consecuencias. Una revolución no era una fotografía heroica, sino una transformación histórica que debía enfrentarse a la producción, las instituciones, la legitimidad, la resistencia de sus adversarios y la vida cotidiana de millones de personas.

Si el materialismo consiste en empezar por las condiciones concretas de la existencia, sustituirlas por una colección de gestos revolucionarios tiene algo de contradicción en sus propios términos.

5) De las consignas a la izquierda material

Tomemos una consigna habitual: «socializar la vivienda». Puede señalar una aspiración legítima y abrir debates necesarios sobre la propiedad, el alquiler y el derecho a habitar. Pero no es todavía un programa. ¿Se propone ampliar radicalmente el parque público? ¿Comprar o expropiar inmuebles bajo determinados criterios? ¿Modificar la fiscalidad del suelo? ¿Crear fórmulas cooperativas? ¿Con qué recursos, qué administración, qué calendario y qué garantías jurídicas? ¿Cómo se mide el resultado: alquileres más asequibles, menos desahucios, más vivienda disponible?

Una izquierda material tendría que poder responder: queremos alcanzar estos objetivos, mediante estas medidas, en estas fases, con estos costes y estas prioridades. Aceptaría que hay alternativas en conflicto, que la realidad impone límites y que toda decisión produce efectos no deseados. La consigna seguiría teniendo una función movilizadora, pero dejaría de ser el punto de llegada.

Sería injusto decir que ese trabajo no existe en ningún sitio. Hay sindicatos, movimientos de vivienda, cooperativas y organizaciones de barrio que llevan años construyendo propuestas concretas y obteniendo pequeñas conquistas. La crítica se dirige a la dificultad para articularlas en un horizonte político compartido, no a negar su existencia. También conviene admitir que los grandes movimientos descubren parte de sus objetivos durante la propia lucha; exigir un plan perfecto antes de actuar sería otra forma de inmovilismo.

Lo que sí podemos exigir es una voluntad de salir de la representación permanente del conflicto. Organizar un barrio, sostener una huelga, conseguir una mejora legislativa o levantar una cooperativa no suele producir imágenes épicas. Pero puede transformar más vidas que una semana de calles en llamas.

Y mientras discutimos esto, la extrema derecha no necesita haber encendido una sola barricada para intentar aprovechar el miedo y ofrecerse como garante del orden. No es una consecuencia inevitable de las revueltas: es una posibilidad política que crece cuando otros actores no logran articular una respuesta convincente. El verdadero fracaso sería entregar a nuestros adversarios la definición de los problemas y de sus soluciones.

El día después de la barricada

Quizá la pregunta no sea por qué Francia se levanta, sino por qué nosotros necesitamos contemplarla como si cada disturbio fuera el anuncio de una revolución. ¿Buscamos comprender a los estudiantes, a los trabajadores y a quienes no llegan a fin de mes, o buscamos reconocernos en una postal de insurrección? ¿Estamos atentos a las reivindicaciones y a quienes las organizan, o solo al momento en que una furgoneta arde?

Una sociedad puede estar profundamente enfadada y no saber todavía qué hacer con ese enfado. Eso no invalida sus demandas. Pero tampoco convierte automáticamente su rabia en emancipación. Dejar que el acontecimiento sustituya al proyecto es renunciar, precisamente, a la ambición transformadora que la izquierda dice reivindicar.

La revolución no empieza cuando arde un contenedor. Y no termina cuando se apaga. Si queremos hablar de cambio social, habrá que hablar también de quién lo organiza, para qué, con qué apoyos, mediante qué pasos y con qué resultados. Lo contrario es quedarse a mirar el fuego esperando que, por alguna razón, ilumine el futuro.

«La cuestión no es qué estamos dispuestos a destruir. La cuestión es qué somos capaces de construir y sostener.»
Fuentes y contexto (consultados el 25 de octubre de 2026): AP, protestas del 17 de octubre · Reuters, movilizaciones del 24 de octubre y convocatorias posteriores · Ministerio del Interior francés, restricciones de manifestaciones · Consejo de Estado, decisión del 23 de octubre · Ipsos, sondeo del 24 de octubre.
El argumento político del artículo es una interpretación editorial; no debe confundirse con un pronóstico electoral probado.

¿Te ha interesado este artículo? Compártelo

La portada, el avance vertical y la descripción están listos para compartir esta reflexión.

Archivo de La Guardilla Editorial

Últimas piezas del archivo, cargadas automáticamente y sin repetir el artículo que estás leyendo.

Archivo editorial
Cargando otras piezas de La Guardilla Editorial…

Archivo La Guardilla

Puedes consultar mas articulos, piezas editoriales y materiales de La Guardilla en el archivo general.

Ver archivo de articulos
LA GUARDILLA EDITORIAL · Francia · violencia · revolución · política · 25 de octubre de 2026

Comentarios

Entradas populares de este blog

Rock in Hinojedo: la fiesta de pueblo que convirtió el heavy cántabro en tradición

Bands: Gatufest: distorsión, ronroneos y escena solidaria

Sin convenio, no hay show: la huelga de técnicos de espectáculos en Euskadi y el precedente estatal que abre