La legitimidad también es poder: cuando los godos aprendieron a gobernar como romanos

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La legitimidad también es poder: cuando los godos aprendieron a gobernar como romanos

Roma creó un orden jurídico y político que sus propias élites podían retorcer. Los godos, lejos de limitarse a destruirlo, aprendieron a utilizarlo para reclamar cargos, tierras y reconocimiento: porque una espada conquista, pero solo la legitimidad convierte la victoria en gobierno.
Por Iñaki Lecuna Ruiz · La Guardilla Editorial
8 de julio de 2026 · Historia y poder
Iñaki Lecuna Ruiz · La Guardilla Editorial. Historia, cultura política y análisis crítico desde Cantabria.
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La caída del Imperio romano de Occidente suele representarse como una escena sencilla: dentro, una civilización con leyes; fuera, una horda que llega para destruirlas. El problema es que, cuando Alarico marchó sobre Roma, llevaba años intentando conseguir un puesto dentro del sistema imperial. Había combatido para emperadores, negociado con sus ministros y reclamado tierras, suministros y un mando que convirtiera a sus seguidores en una fuerza reconocida.

La ironía no es que los godos fueran legalistas, meritocráticos o moralmente superiores. También conspiraban, saqueaban y utilizaban la violencia. La ironía es otra: comprendieron que la legitimidad romana era una tecnología de poder, mientras algunas de las élites que se proclamaban guardianas de Roma trataban sus propias reglas como patrimonio privado.

1) El bárbaro que llegó con el contrato

Alarico no apareció de pronto ante las murallas de Roma como un extraño que jamás hubiera tratado con el Imperio. Su trayectoria transcurrió en la frontera borrosa entre jefe godo, aliado militar y general romano. Él y sus seguidores podían combatir contra Roma, pero también para Roma. Esa ambigüedad no era una anomalía: formaba parte del funcionamiento del ejército tardorromano.

El problema surgía cuando el Imperio necesitaba a aquellos soldados, prometía recompensas y después cambiaba la camarilla de palacio. Tras la ejecución de Estilicón en 408, los acuerdos anteriores saltaron por los aires. Los godos quedaron en Italia reclamando compensaciones y reconocimiento, mientras la corte de Honorio actuaba como si la negociación pudiera borrarse junto con el ministro caído.

«No basta con decir que representas el orden. Si incumples sus pactos, abandonas sus funciones y conviertes sus instituciones en un club privado, la legitimidad puede acabar en manos de quienes el propio sistema expulsaba.»
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