3) La arqueología abre grietas: Wilamaya Patjxa
Uno de los casos más conocidos es el enterramiento de Wilamaya Patjxa, en los Andes peruanos. Allí se halló un individuo de hace unos 9.000 años asociado a un equipo de caza mayor: puntas de proyectil y herramientas de procesamiento animal. Los análisis identificaron a esa persona como una mujer joven. El estudio de Haas y su equipo no se limitó al caso aislado: revisó otros enterramientos tempranos americanos asociados a herramientas de caza mayor y encontró 27 individuos, de los cuales 11 eran mujeres y 15 hombres.
Ese dato es importante porque rompe una asociación demasiado cómoda: arma no significa automáticamente hombre. En algunos contextos del Holoceno temprano americano, la participación femenina en la caza mayor pudo ser bastante más significativa de lo que se había supuesto.
Ahora bien, tampoco conviene hacer trampas con el dato. Wilamaya Patjxa no demuestra que en toda la prehistoria las mujeres cazasen igual que los hombres. Demuestra algo más concreto y más sólido: que hubo mujeres cazadoras de caza mayor en sociedades prehistóricas, y que las interpretaciones arqueológicas deben dejar de proyectar automáticamente roles modernos sobre restos antiguos.
4) El estudio que encendió el debate: el 79%
En 2023, un artículo publicado en PLOS ONE por Anderson, Chilczuk, Nelson, Ruther y Wall-Scheffler agitó el debate. El estudio revisó 63 sociedades forrajeras documentadas etnográficamente y afirmó que en 50 de ellas, es decir, en un 79%, había documentación de mujeres cazando. También señaló que, en los casos donde se podía distinguir si la caza era intencional u oportunista, la mayoría aparecía descrita como intencional.
El impacto fue grande porque parecía dinamitar el relato del “hombre cazador”. Y, en parte, lo hacía. El estudio tenía razón en una cosa fundamental: la idea de que las mujeres no cazaban es falsa. Hay documentación suficiente para afirmar que mujeres de distintas sociedades forrajeras han cazado, a veces con perros, con niños presentes, en grupo, solas, con redes, con armas y con distintos tipos de presa.
Decir “las mujeres cazaban” no significa decir “cazaban siempre igual, con la misma frecuencia, las mismas presas y el mismo papel social”. Esa es la trampa del titular fácil.
5) La crítica de 2024: cazar no es una variable de sí/no
En 2024, Venkataraman y otros especialistas publicaron una crítica fuerte al estudio de PLOS ONE. Su argumento no era que las mujeres no cazasen. De hecho, reconocían casos importantes y bien documentados de caza femenina. Lo que discutían era la conclusión de que esos casos desmontasen la existencia de divisiones generizadas del trabajo entre forrajeros.
Según su revisión, el estudio de Anderson et al. tenía sesgos de selección, problemas de codificación y un exceso de lectura binaria: contar “mujeres cazan” como sí/no ocultaba si cazaban rara vez, a veces, frecuentemente o como actividad central. Su recodificación redujo el alcance del resultado: frente al 79% original, encontraron evidencia de mujeres cazando “a veces” o “frecuentemente” en 35 de 63 sociedades, un 56%. Y frente a la lectura de que la caza mayor femenina regular era muy común, encontraron que solo en 9 de 63 sociedades, un 14%, podía hablarse de mujeres cazando caza mayor de forma regular.
La frase clave sería esta: las mujeres cazan, pero la caza femenina no puede tratarse como un fenómeno binario. Hay que preguntar: ¿qué cazan?, ¿cuándo?, ¿con quién?, ¿a qué distancia?, ¿con qué tecnología?, ¿con qué frecuencia?, ¿como actividad principal o secundaria?, ¿como norma o como excepción?
6) Casos donde las mujeres sí cazaban claramente
El caso de los Agta de Filipinas es uno de los ejemplos clásicos. Un estudio de tres años sobre los Agta Negrito de Luzón documentó participación activa de mujeres en la caza, tanto solas como en grupo, y señaló que esa actividad no era incompatible con la fertilidad ni con el cuidado infantil. Este caso es importante porque desmonta una explicación muy repetida: que las mujeres no podían cazar porque la maternidad lo hacía biológicamente inviable.
También son relevantes los casos de caza femenina en África Central. Noss y Hewlett estudiaron contextos de caza femenina entre forrajeros forestales, especialmente con redes, y plantearon que la caza de mujeres se vuelve más probable cuando tienen acceso a tecnologías eficaces, cuando el control ideológico o político masculino es menor y cuando existen precedentes culturales que permiten a las mujeres aprender y participar.
Estos ejemplos son muy importantes porque impiden caer en el relato cerrado. Las mujeres no eran “naturalmente incapaces” de cazar. La caza femenina existió y existe en contextos concretos. Pero esos mismos casos muestran que la tecnología, la organización social y la cultura importan muchísimo.
7) Quizá hemos sobrevalorado la caza
Hay otro giro fundamental: puede que la pregunta “¿quién cazaba?” esté ya contaminada por una obsesión moderna con la caza como centro de la vida humana. En 2024, Chen, Haas y otros analizaron isótopos de 24 individuos de Wilamaya Patjxa y Soro Mik’aya Patjxa, también en el Altiplano andino. El resultado fue sorprendente: los modelos indicaban una dieta dominada por plantas, entre el 70% y el 95% de la dieta media, con tubérculos como posible recurso clave.
Esto no niega que hubiese caza. Tampoco niega que mujeres cazaran. Lo que hace es desplazar el foco: aunque la caza deje restos arqueológicos espectaculares, puede que no siempre fuese la base calórica principal. La recolección, el conocimiento vegetal, el procesamiento de tubérculos, la cocina, el transporte, el almacenamiento y las tecnologías blandas pudieron ser más decisivos de lo que deja ver el registro arqueológico.
Dicho de otra forma: incluso en sociedades donde los hombres cazasen más, eso no significa automáticamente que “alimentasen más” al grupo. La caza mayor puede tener un gran valor simbólico, social y proteico, pero la supervivencia cotidiana muchas veces depende de recursos menos épicos y más constantes.
8) La tecnología también cambia el reparto
Otro elemento interesante es la tecnología. Un estudio experimental publicado en Scientific Reports en 2023 comparó lanzamientos con jabalina y con atlatl, un propulsor usado para lanzar dardos. Participaron 108 personas y se registraron 2.160 lanzamientos. El resultado fue que el atlatl igualaba mucho más la velocidad de proyectiles lanzados por mujeres y hombres que la jabalina manual.
Esto no demuestra que las mujeres cazaran igual que los hombres. Pero sí debilita una explicación simplista: la idea de que la caza prehistórica dependía siempre de fuerza bruta masculina. Con determinadas tecnologías, el umbral físico cambia. Por eso, cuando aparecen armas arrojadizas, propulsores o herramientas de caza en enterramientos femeninos, no tiene sentido descartarlos como “simbólicos” solo porque el individuo sea mujer.
9) Pero la división del trabajo también existía
Sería un error sustituir un mito por otro. La etnografía reciente sigue mostrando diferencias reales en muchas sociedades cazadoras-recolectoras. Por ejemplo, un estudio con GPS sobre los Hadza de Tanzania encontró que los hombres adultos caminaban más distancia diaria que las mujeres adultas: 12,9 km frente a 7,6 km de media, además de registrar más pasos diarios. Ese patrón está relacionado con diferencias de movilidad, búsqueda de recursos y uso del paisaje.
Esto no significa que los Hadza sean una ventana directa al Paleolítico. Ninguna sociedad actual es un fósil viviente. Pero sí sirve como recordatorio: las diferencias de trabajo, movilidad y riesgo existen en sociedades forrajeras reales, y no basta con decir “las mujeres cazaban” para borrar esas diferencias.
La postura más sólida no es negar la división del trabajo, sino entenderla como algo flexible, ecológico y social, no como una cárcel universal escrita en la biología. En algunos lugares las mujeres cazaban mucho; en otros, poco; en otros, nada o casi nada; en otros, participaban en batidas, redes, caza menor o caza oportunista; en otros, podían participar en caza mayor. La variabilidad es la clave.
10) Entonces, ¿cazaban igual?
Con la evidencia disponible, la respuesta honesta es: no podemos afirmar que las mujeres cazaran en igual proporción que los hombres de forma general. En muchas sociedades forrajeras recientes, los hombres parecen haber cazado más a menudo, especialmente presas grandes, móviles, lejanas o asociadas a salidas largas.
Pero también hay que decir lo contrario con la misma claridad: tampoco podemos seguir repitiendo que la caza fue una actividad masculina por naturaleza. Los datos arqueológicos y etnográficos muestran que mujeres de distintas sociedades cazaron, y que en algunos contextos lo hicieron de forma relevante, intencional y no meramente anecdótica.
Las mujeres prehistóricas sí cazaban, incluso caza mayor en algunos contextos; pero no hay pruebas suficientes para afirmar que, en general, cazaran en la misma proporción que los hombres.
11) Lo que realmente cae
Lo que cae no es la idea de que muchos hombres cazasen. Eso sigue estando bien documentado. Lo que cae es otra cosa: la idea de que solo los hombres cazaban, que la caza define por sí sola la evolución humana y que de ahí puede deducirse una jerarquía natural entre hombres y mujeres.
El relato clásico era demasiado limpio: ellos cazan, ellas recolectan; ellos arriesgan, ellas cuidan; ellos inventan, ellas conservan. La evidencia actual obliga a ensuciar ese dibujo. Las mujeres cazaban, recolectaban, cuidaban, procesaban alimentos, transmitían conocimiento, fabricaban o usaban tecnologías, se movían por el territorio y participaban en estrategias de subsistencia complejas.
La prehistoria no confirma del todo a nadie. No confirma al conservador que quiere ver una familia nuclear eterna con el hombre proveedor y la mujer dependiente. Pero tampoco confirma al revisionismo fácil que imagina una igualdad perfecta antes de la caída. Lo que muestra es más incómodo: sociedades diversas, estrategias cambiantes, cooperación intensa y roles que podían ser fuertes sin ser universales.
Conclusión
La discusión sobre mujeres cazadoras no debería usarse para fabricar una nueva mitología. Debería servir para hacer algo más serio: reconocer que durante mucho tiempo interpretamos el pasado con gafas modernas, masculinizando la caza, feminizando la pasividad y confundiendo restos visibles con importancia social.
La evidencia actual permite afirmar tres cosas a la vez. Primero, las mujeres cazaban: no siempre, no en todas partes, no necesariamente igual que los hombres, pero cazaban. Segundo, en muchas sociedades los hombres probablemente cazaban más, sobre todo cuando hablamos de caza mayor, lejana o de alto riesgo. Tercero, la supervivencia humana nunca dependió solo de la caza, sino de una red compleja de recolección, procesamiento, cuidado, tecnología, cooperación, movilidad y conocimiento ecológico.
Así que no: no parece cierto que las mujeres cazaran siempre en igual proporción que los hombres. Pero sí es falso que fueran simples espectadoras de la caza o figuras secundarias de la economía prehistórica.
Fuentes principales:
Anderson et al.,
The Myth of Man the Hunter: Women’s contribution to the hunt across ethnographic contexts,
PLOS ONE, 2023.
Venkataraman et al.,
Female foragers sometimes hunt, yet gendered divisions of labor are real, 2024.
Haas et al.,
Female hunters of the early Americas,
Science Advances, 2020.
Chen et al.,
Stable isotope chemistry reveals plant-dominant diet among early foragers on the Andean Altiplano,
PLOS ONE, 2024.
Whittaker & Kamp / estudio experimental sobre atlatl,
Scientific Reports, 2023.
Estudio GPS sobre movilidad Hadza,
Nature Human Behaviour, 2020.
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