Apología de la despolitización
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Apología de la despolitización
No vivimos en una sociedad excesivamente politizada. Vivimos en una sociedad que consume política constantemente mientras pierde los espacios donde podría practicarla. La discusión pública está llena de siglas, dirigentes, encuestas y polémicas, pero cada vez hay menos lugares desde los que la gente pueda organizarse, tomar decisiones y obligar al poder a responder.
Los medios nos presentan una competición entre opciones previamente confeccionadas. Los partidos se ofrecen como equipos profesionales a los que se entrega un voto para que administren los problemas durante cuatro años. Cuando el servicio falla, el ciudadano cambia de marca o abandona el mercado electoral. El resultado no es una sociedad apolítica: es una sociedad convertida en audiencia.
La política está en todas partes, pero la gente no hace política
Nunca habíamos recibido tanta información política. Hay tertulias desde primera hora, declaraciones convertidas en cortes de pocos segundos, encuestas semanales, campañas permanentes y cuentas dedicadas exclusivamente a vigilar el último error del adversario. Cada acontecimiento se interpreta como una victoria o una derrota para uno de los bloques.
Esa exposición no produce necesariamente una ciudadanía más activa. Se puede conocer cada bronca parlamentaria y no saber cómo intervenir en un problema del barrio. Se puede discutir a diario sobre el Gobierno y no pertenecer a ningún sindicato, asociación vecinal, cooperativa, plataforma o colectivo cultural. Se puede consumir política durante horas sin ejercer ninguna capacidad política real.
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Mirar política no es hacer política
La diferencia parece pequeña, pero cambia todo. Mirar política significa observar a otras personas ejercerla. Hacer política significa organizar intereses, construir acuerdos, sostener conflictos, controlar representantes y modificar el coste de las decisiones.
El espectador puede indignarse, celebrar una intervención brillante, compartir un vídeo o votar en una encuesta digital. El ciudadano organizado puede convocar, negociar, paralizar una actividad, defender jurídicamente a un colectivo, producir información y mantener una presión que no desaparece cuando termina la campaña.
El sistema mediático mezcla ambas cosas hasta hacerlas indistinguibles. Nos ofrece una participación simbólica que produce la sensación de estar dentro: comentar, reaccionar, elegir bando, defender unas siglas. Pero casi toda la acción sigue ocurriendo en otra parte, dentro de instituciones y aparatos profesionales a los que la mayoría solo accede como público.
De herramienta colectiva a servicio contratado
Los partidos deberían ser herramientas de la gente. Una herramienta no sustituye a quien la utiliza: amplía su capacidad. En una democracia viva, un partido tendría que trasladar demandas colectivas, formar políticamente, coordinar intereses y convertir la fuerza social en decisiones institucionales.
La relación actual funciona cada vez más al revés. Los partidos elaboran sus programas, seleccionan candidatos, contratan consultores, diseñan una identidad de marca y ofrecen un catálogo de soluciones. La población compara las ofertas y entrega su voto al equipo que promete administrar mejor el país.
El mensaje ya no es «organízate con nosotros para cambiar esto», sino «confía en nosotros y lo resolveremos por ti». El ciudadano queda convertido en cliente electoral: evalúa, reclama, cambia de proveedor o cancela la suscripción.
Los medios te enseñan a elegir entre A y B
La información política se organiza como una competición cerrada. Quién gana el debate. Qué partido sube. A quién beneficia una crisis. Qué dirigente está acabado. Qué bloque podrá formar gobierno. Son preguntas legítimas, pero su repetición construye una idea muy concreta de democracia: la política sería aquello que hacen los partidos y la ciudadanía tendría la función de puntuar su rendimiento.
Mucho menos espacio reciben otras preguntas. Cómo pueden organizarse las personas afectadas. Qué asociaciones están actuando. Quién controla un recurso. Qué intereses económicos condicionan una decisión. Qué herramientas existen para fiscalizar, presionar o intervenir antes de las siguientes elecciones.
El espectador aprende a reconocer jugadores, estrategias y errores de campaña. No aprende a entrar en el campo. La política se vuelve un espectáculo que necesita audiencia, fidelidad y conflicto permanente, pero no necesariamente participación.
La abstención como desenlace lógico
Cuando una compañía ofrece un mal servicio, el cliente busca otra. Cuando todas parecen decepcionantes, abandona el mercado. Esa misma lógica aparece en la abstención cuando la política se ha convertido previamente en un producto.
Se suele acusar a quien no vota de pereza, irresponsabilidad o falta de cultura democrática. A veces existe indiferencia. Otras veces hay cansancio, rechazo o la impresión de que las decisiones importantes se encuentran fuera del alcance de la papeleta. En cualquier caso, la condena moral evita una pregunta más incómoda: qué clase de democracia ha enseñado a millones de personas que su única tarea consiste en elegir administradores periódicamente.
El sistema puede convivir sin problemas con una abstención enorme. Los escaños se reparten, los gobiernos se forman y las administraciones continúan funcionando. No necesita que todo el mundo crea con entusiasmo. Le basta con que vote una cantidad suficiente y con que quienes se retiran permanezcan desorganizados.
Una persona abstencionista integrada en un sindicato, una plataforma de vivienda o una asociación vecinal conserva capacidad política. Una persona abstencionista aislada puede estar furiosa, pero no modifica el funcionamiento de nada. La retirada solo amenaza al poder cuando se convierte en organización alternativa.
Es intencional, pero no necesita una conspiración
Decir que la despolitización es intencional no exige imaginar una sala secreta donde partidos, empresas y propietarios de medios diseñan conjuntamente la pasividad ciudadana. Un sistema puede producir un resultado buscado sin que exista un director único. Basta con que sus principales actores compartan incentivos.
A los partidos les resulta más cómodo tratar con votantes individuales que con organizaciones capaces de exigir cuentas. Un votante puede cambiar de opinión. Una estructura social puede condicionar candidaturas, sostener una campaña durante años, controlar acuerdos y castigar incumplimientos.
A los medios les resulta más rentable un choque entre líderes que explicar la lenta construcción de una cooperativa, una negociación sindical o una movilización vecinal. A las plataformas digitales les beneficia la fricción permanente entre identidades políticas. A los grandes poderes económicos les conviene más una población enfadada y fragmentada que trabajadores, inquilinos y comunidades capaces de actuar en común.
Cada pieza funciona según su propia lógica y todas empujan en la misma dirección: mucha conversación, mucha identidad, mucha indignación y poca organización estable.
Una oligarquía política competitiva
Que los partidos se enfrenten de verdad no significa que la sociedad controle realmente la competición. Sus diferencias importan: cambian leyes, derechos, impuestos, presupuestos y políticas públicas. Pero pueden mantener disputas profundas mientras comparten una misma profesionalización de la política.
Dirigentes, asesores, consultores, periodistas, responsables de comunicación, altos funcionarios, empresas demoscópicas y grupos de presión circulan por una esfera con códigos y trayectorias propias. La ciudadanía entra en ella como electorado, audiencia, contribuyente, consumidor o segmento demográfico.
Sin una sociedad civil fuerte que actúe desde fuera de esa cúpula, la democracia se aproxima a una oligarquía competitiva: distintas élites disputan el derecho a administrar las instituciones y la mayoría conserva principalmente la capacidad de escoger entre ellas.
La desaparición de la sociedad civil
Entre el individuo y el Estado debería existir un tejido denso de sindicatos, asociaciones vecinales, cooperativas, ateneos, centros sociales, colectivos culturales, organizaciones profesionales, medios comunitarios y redes de apoyo.
Esos espacios no son un adorno de la democracia. Son las escuelas donde se aprende a discutir, escuchar, repartir tareas, gestionar recursos, elegir representantes, controlar delegados y sostener un conflicto más allá de una tendencia en redes.
Cuando desaparecen, el individuo queda solo frente al Estado, el mercado y las grandes organizaciones. Los partidos ya no reciben demandas construidas por comunidades capaces de presionar. Se relacionan con una masa dispersa mediante campañas, publicidad segmentada y emociones de corta duración.
La sociedad deja de utilizar a los partidos como herramientas. Los partidos empiezan a utilizar a la sociedad como mercado electoral.
Cuando también el sindicato se convierte en servicio
La misma lógica puede extenderse a las organizaciones que deberían combatirla. El sindicato se transforma en asesoría laboral. La asociación vecinal, en oficina de reclamaciones. El centro cultural, en proveedor de actividades. El colectivo político, en una cuenta que publica contenido.
Prestar servicios no es el problema. Defender jurídicamente a un trabajador o tramitar una reclamación forma parte de la utilidad de una organización. El problema aparece cuando el servicio sustituye a la participación y la base se relaciona con la estructura exclusivamente como clientela.
Arriba queda un pequeño grupo profesionalizado. Abajo, usuarios que pagan una cuota, aparecen cuando tienen un problema concreto y desaparecen cuando se resuelve. La organización conserva el nombre, pero pierde la capacidad de producir comunidad y acción colectiva.
Del problema colectivo al fracaso personal
La despolitización también cambia la forma de interpretar la vida. El alquiler imposible aparece como una mala decisión individual. La precariedad, como falta de formación. El agotamiento, como incapacidad para organizarse. La soledad, como defecto personal. La imposibilidad de emanciparse, como inmadurez.
Problemas compartidos por millones de personas se fragmentan en experiencias privadas que cada una debe resolver por separado. El mercado ofrece aplicaciones, cursos, seguros, créditos y métodos de productividad. Los partidos ofrecen promesas. Los medios ofrecen culpables diarios.
Politizar no significa convertir cualquier conversación en una pelea partidista. Significa descubrir la dimensión común de aquello que parecía un fracaso exclusivamente personal y construir instrumentos para intervenir sobre sus causas.
Recuperar la política entre elecciones
La salida no consiste en encontrar el partido perfecto. Incluso un partido honesto y transformador puede terminar funcionando como proveedor si la sociedad que lo rodea permanece desorganizada.
Los partidos no sustituyen a la sociedad civil. Deberían depender de ella. Un partido sometido a sindicatos fuertes, asociaciones activas, cooperativas, movimientos sociales y medios independientes tiene menos margen para encerrarse en su maquinaria y hablar en nombre de una población a la que ya no escucha.
La política ocurre cuando los trabajadores organizan un convenio, cuando un barrio interviene sobre una decisión urbanística, cuando varias familias construyen una red de cuidados, cuando una asociación mantiene un espacio cultural o cuando un medio local investiga quién decide, quién gana y quién paga.
Nada de esto vuelve innecesario el voto. Lo coloca en su lugar: una herramienta dentro de una vida política más amplia, no el único instante en que se reconoce la existencia del ciudadano.
Apología de la despolitización
La mayor victoria de la despolitización no consiste en conseguir que la gente deje de hablar de política. Consiste en lograr que hable de ella todos los días sin imaginar que puede hacer algo más que observar, discutir, votar o abstenerse.
Nos enseñaron a elegir administradores, no a construir poder colectivo. Los partidos se convirtieron en servicios. Los medios, en escaparates. Los programas, en catálogos. Los dirigentes, en marcas. Los ciudadanos, en clientes.
Algunos renuevan la suscripción. Otros cambian de proveedor. Muchos abandonan el mercado. Mientras tanto, la política profesional continúa funcionando dentro de su propia cúpula.
Una democracia no se vacía únicamente cuando desaparecen las elecciones. También se vacía cuando las elecciones siguen celebrándose, los debates continúan llenando pantallas y la población pierde lentamente todos los lugares desde los que podría intervenir.
Bibliografía interna de La Guardilla
Textos del archivo que desarrollan, desde distintos ángulos, la política convertida en espectáculo, la pérdida de comunidad, la profesionalización de las organizaciones, el poder de las élites y la reconstrucción de capacidad colectiva.
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