2) La crisis del consumo como religión civil
Durante años se nos vendió una promesa bastante simple: te realizarás consumiendo. Viajes, ropa, festivales, móvil, gimnasio, series, experiencias, decoración, marca personal. La vida como escaparate. La identidad como catálogo. La felicidad como carrito de compra.
Ese modelo no desapareció, pero se ha gripado. El consumo sigue ahí, más agresivo que nunca, solo que ya no promete ascenso. Promete anestesia. Puedes comprar signos de vida adulta, pero no necesariamente una vida adulta. Puedes parecer estable, pero no tener casa. Puedes parecer autónomo, pero vivir encadenado a contratos frágiles, alquiler imposible y una economía que te exige optimizarte incluso cuando estás roto.
En La Guardilla ya habíamos rodeado este problema desde varios lados. En No es el móvil: es la precariedad, la pantalla no aparecía como causa mágica del malestar, sino como refugio de una juventud sin vivienda accesible, sin ocio barato, sin plazas reales y sin comunidad material. Si no hay sitio donde estar, el móvil se convierte en plaza portátil. Si no hay comunidad disponible, el algoritmo simula compañía.
Con la religión puede ocurrir algo parecido. No sustituye a la pantalla: compite con ella por el hueco del sentido. Ofrece calendario, rito, grupo, palabras heredadas, culpa, perdón, misión y pertenencia. Frente al “sé tú mismo” agotador del neoliberalismo emocional, la tradición ofrece algo más descansado: no tienes que inventarte entero cada mañana.
Cuando el consumo deja de parecer futuro y empieza a parecer deuda, la tradición vuelve como promesa de suelo.
3) El antecedente: conservadurismo estético y crisis de expectativas
El texto clave para leer este fenómeno desde La Guardilla es Juventud, conservadurismo estético y crisis de expectativas. Allí se planteaba que parte del giro conservador juvenil no nace necesariamente como una ideología cerrada, sino como una reorientación afectiva y simbólica hacia modelos tradicionales que prometen estructura, orden, límites y pertenencia.
Ese artículo ya señalaba el auge de estéticas asociadas al cristianismo visual, la domesticidad idealizada, la modestia, la maternidad temprana o el hogar como refugio. No como simple regreso religioso, sino como búsqueda de seguridad ontológica en una sociedad saturada de incertidumbre. Lo importante no era la misa en sí, sino el orden emocional que prometía la imagen de la misa.
Aquí aparece el punto delicado: cuando no hay alternativas colectivas sólidas, la tradición funciona como estructura mínima. Y la estructura, cuando llega a una generación agotada, puede parecer liberadora aunque venga cargada de jerarquías viejas. Por eso no conviene despachar el fenómeno con superioridad laicista ni comprarlo con ingenuidad beata. Hay que leerlo como síntoma.
4) PSOE, cristianos socialistas y la disputa por el refugio
El PSOE no está fuera de esta lectura. De hecho, sería raro que no oliera el movimiento. Si la derecha lleva años intentando capturar el catolicismo como identidad nacional, frontera cultural, antiabortismo, familia tradicional y guerra contra el “globalismo”, una parte de la izquierda institucional tiene incentivos para recuperar otra genealogía: cristianismo social, parroquia de barrio, Cáritas, comunidad, pobres, dignidad, trabajo, migraciones y justicia social.
No hace falta convertirlo en conspiración. Basta con verlo como disputa simbólica. El HuffPost recogía a finales de 2025 que el Grupo Federal de Cristianos Socialistas del PSOE sumaba unos 2.000 miembros y había creado una sección joven para afiliados de 14 a 31 años. El mismo reportaje hablaba de una voluntad explícita de normalizar que se pueda ser joven, cristiano y socialista a la vez.
Ahí está la jugada. La doctrina social de la Iglesia ofrece una gramática que permite hablar de dignidad humana, bien común, comunidad, justicia social y crítica moral al mercado sin sonar a marxismo. Para una izquierda institucional que muchas veces ha perdido lenguaje emocional y comunitario, ese vocabulario puede resultar muy útil. Permite decir “pobres” donde antes se decía clase. Permite decir “bien común” donde antes se decía conflicto. Permite hablar de límites al mercado sin parecer revolucionario.
El riesgo es evidente: que el uso político de la religión acabe siendo solo una estética moral, un barniz humanista para no tocar demasiado la estructura material del problema. Porque si la juventud busca refugio por falta de vivienda, salarios y comunidad, no basta con bendecir el malestar. Hay que cambiar las condiciones que lo producen.
5) La derecha lo tiene más fácil: identidad, familia y frontera
La derecha parte con ventaja porque su uso de la religión es más simple, más emocional y más reconocible. España cristiana frente al islam. Familia frente a feminismo. Vida frente a aborto. Tradición frente a modernidad líquida. Orden frente a caos. No necesita explicar demasiado: activa imágenes, miedos y herencias.
El País ha analizado cómo PP y Vox compiten por un voto católico cada vez más derechizado, y cómo el catolicismo convertido en identidad gana presencia en la batalla cultural. Vox, en particular, ha logrado convertir lo religioso en parte de un discurso civilizatorio: nación, frontera, miedo a la islamización, familia y rechazo a los consensos progresistas.
La cuestión es que ese discurso conecta muy bien con la búsqueda de estructura. A una generación que siente que todo se mueve bajo sus pies, alguien le ofrece suelo. A una masculinidad joven desorientada, alguien le ofrece autoridad. A una sociedad cansada de negociar cada límite, alguien le ofrece normas. A una vida sin futuro claro, alguien le ofrece pasado.
6) La doctrina social como anticapitalismo domesticado
La doctrina social de la Iglesia funciona especialmente bien en este momento porque no suena a nacionalcatolicismo viejo. Suena a crítica moral del capitalismo, a defensa de los pobres, a comunidad, a dignidad, a límites humanos frente a la economía, la tecnología y la explotación. Por eso puede seducir a sectores que no se sienten cómodos ni con la derecha religiosa ni con una izquierda demasiado burocrática.
El Papa, en este contexto, no aparece solo como jefe espiritual. Aparece como figura global capaz de hablar de migraciones, guerra, pobreza, inteligencia artificial, tecnocracia y dignidad humana. Durante su visita a España, varios medios han destacado precisamente ese eje de humanidad, acogida y justicia social. Esa es la parte que una izquierda institucional puede citar con comodidad.
Pero ahí hay una tensión que no conviene esconder. La Iglesia puede hablar de pobres y al mismo tiempo mantener posiciones conservadoras en aborto, sexualidad, familia o eutanasia. Puede criticar el mercado y sostener jerarquías internas profundamente problemáticas. Puede ser refugio y disciplinamiento. Puede cuidar y controlar. Esa ambivalencia forma parte de su fuerza histórica.
7) Fe, nostalgia y fabricación de comunidad
En La moda cristiana del siglo VIII, La Guardilla ya trataba una operación parecida desde la historia: la fabricación retrospectiva de una Europa cristiana homogénea que nunca existió como tal. La religión servía allí para ordenar el pasado, fabricar continuidad y dotar de legitimidad al presente.
Algo de eso vuelve ahora, aunque con otro ropaje. No se trata solo de creer, sino de decidir qué pasado puede usarse como refugio. La tradición no aparece como archivo abierto, lleno de contradicciones, sino como imagen limpia: familia, misa, comunidad, hogar, raíces. Una postal moral en medio del derrumbe de expectativas.
También en Nombres, apellidos y borrado de memoria histórica aparecía esa idea: la memoria nacional no se hereda intacta, se selecciona. Se filtra. Se limpia. Se repite lo que sirve y se olvida lo que molesta. La religión, en España, ha sido una de las grandes máquinas de esa selección simbólica.
En Dos iglesias para un mundo sin partido, La Guardilla Editorial desarrollaba exactamente el otro lado de esta intuición: no hay una sola Iglesia disputando el vacío comunitario, sino al menos dos polos cristianos que organizan el miedo, el dolor y la esperanza. Uno habla de pobres, migrantes, descartados y bien común; otro habla de familia, orden, prosperidad y frontera moral. La disputa, por tanto, no es solo religiosa: es una disputa por quién organiza sentido cuando partidos, sindicatos y asociaciones han perdido densidad cotidiana.
Esa misma línea aparecía en El hueco donde antes había barrio: una iglesia no funciona solo porque predique, sino porque abre un local, repite una agenda, pregunta por quien no aparece, acompaña duelos, ofrece red informal y produce pertenencia. Y en No es miedo al vínculo: es falta de condiciones para elegirlo se planteaba la otra cara del problema: no basta con romantizar la familia o el vínculo si no hay vivienda, salario, conciliación, cuidados ni redes públicas que permitan elegirlos sin convertirlos en salvavidas obligatorio.
8) El peligro no es rezar: es obedecer por agotamiento
El problema no es que haya jóvenes creyentes. La fe puede ser cuidado, comunidad, consuelo, acción social y compromiso real. El problema aparece cuando la búsqueda de estructura deriva en obediencia, repliegue identitario, roles rígidos y jerarquías que se presentan como cura para el caos.
Cuando la precariedad erosiona la autonomía, la saturación digital erosiona la identidad, la soledad erosiona la comunidad y la incertidumbre erosiona la planificación vital, la tradición aparece como una respuesta sencilla. Pero lo sencillo no siempre es inocente. La familia tradicional puede parecer refugio y funcionar como trampa. La comunidad puede parecer apoyo y convertirse en vigilancia. La fe puede parecer sentido y convertirse en disciplina.
Esa es la línea que conviene vigilar: no la existencia de religión, sino quién organiza el malestar que la vuelve atractiva. Una cosa es comunidad. Otra es obediencia emocional. Una cosa es sentido. Otra es sumisión envuelta en estética de hogar, pureza y orden.
9) Cierre: alguien pondrá bandera al refugio
La juventud española no se está haciendo simplemente más beata. Se está haciendo más necesitada de estructura. Y esa necesidad puede expresarse de muchas formas: religión, gimnasio, comunidad online, ultraderecha, espiritualidad pop, militancia, nihilismo, escena cultural, familia, barrio, voluntariado o secta blanda de autoayuda.
La pregunta política no es si vuelve la religión. La pregunta es por qué vuelve a tener sentido como refugio. Y la respuesta es incómoda: porque el futuro material se ha estrechado. Porque el consumo ya no alcanza. Porque la pantalla acompaña, pero no sostiene. Porque la vivienda no llega. Porque la vida adulta se aplaza. Porque la comunidad real ha sido sustituida por pertenencias frágiles, marcas, feeds y discursos de autoayuda.
Si la izquierda no reconstruye comunidad material, otros venderán comunidad simbólica. Si no hay sindicatos, centros sociales, cultura de base, vivienda, tiempo y espacios compartidos, alguien llenará ese hueco con altar, bandera, familia jerárquica o patria espiritual. El vacío no se queda vacío.
No vuelve exactamente Dios. Vuelve la pregunta por quién nos sostiene cuando el futuro deja de sostenernos.
Comentarios
Publicar un comentario